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martes, 15 de abril de 2008

Pensando a Dirac desde el "Barrio de los Oficios" (I)

 
 
De Ávila llega un pelaire,
de Burgos un cerrajero,
de Palencia un alguacil
ha traído su consenso.
A Salamanca se escucha
por la voz de un pellejero,
por Medina un tundidor
y por León un herrero.
 
 

Una ligera presión y cesa el rugir orgánico de la radio, donde un hablantín de alborada, oriniento como llave en el fondo del mar, ¡matarile!, venia opinando que no le faltaba a don Camilo su cuota de razón cuando dejó escrito: “Don Ibrahin de Ostolaza y Bofarull II le dijo a don Silverio el Ecónomo IV: La Compañía de Jesús, el Partido Nacionalista Vasco y la ETA, son una y la misma cosa en diferente grado de maduración”. Salgo a la calle con una mano ocupada en una bolsa de libros que pesa como rueda de carro; con la otra me sirvo nicotina: C10 H14 N2 o (S)-3-(1-metilpirrolidin-2-il) piridina, como jamás pronunciamos los del oficio pero coloco aquí por puro culto al feísmo. Puesto que pertenezco a la obstinada y casi extinta grey de los “cal-cantanos”, a trechos silbo o canto, y , en tanto el sol se hace explícito sobre los viejos depósitos del ferrocarril, mi anima rural añora el canto del gallo: gallo que no canta... Sigo adelante, elucubrando, haciendo cuenta de las diferencias que hay entre pensar, imaginar y fantasear. El camino de lodo al que en la ciudad llaman río parece resuelto a mostrar su verdadera naturaleza acuosa. Acuosa y asquerosa.  

 

- Las monjas tienen poderes, tía... - dice la más mona de las tres adolescentes con las que me cruzo; el resto de la sentencia se me escapa y en la memoria del viento queda.

 

Sufro una quemadura en la planta de un pie (nadie en su sano juicio acertaría a adivinar como me la hice) y camino con la parsimonia lucida de un boyero que acarrease nitroglicerina. Ingreso en el Barrio Viejo, llamado ahora con eufonía municipal Casco Antiguo, donde la naturaleza del firme de la calzada me obliga a caminar como si llevase una estela funeraria pendiente de los colgones. Las calles se estrechan, y por entre el tajo de sus tejados observo como las nubes mudan de nariz y de orejas y de boca... de peinado.

- Y primi fili Adami et Evae fuerunt Cainus et Abel; quorum hic pastor, ille fuit agricola. Uterque obtulit dona Domino, sed dumtaxat dona Abelis, quae á recto espiritu procederent, placuerunt Deo: quidod quidem Cainus moleste tulit, atque ita invidia correptus, fratrem interemit. Tum Deus maledixit Caino, qui veniam desperants, fugit...

- ¿Como dice usted?

- Digo que el viento es el cirujano plástico de las nubes. 

- Pues va a ser que si, oiga.

 

Mediada la Cuesta del Convento me adelanta un tipo de aspecto ruin que cojea con muy mala traza. Debe de estar mochales el cabrón, puesto que durante el acto de dejarme atrás saca la lengua como can y da en pasar por ella, compulsivo, el pulpejo de uno de los pulgares, acaso soñando despierto en pasar las páginas de una Biblia a la viceversa. Al tiempo que esto ocurre alzo la voz y canto: “Los cojos para bailar llevan la fama / pero para trabajar tienen la patita mala” . Y no es que tenga yo cosa alguna contra los cojos, oigan: ahí esta, por ejemplo, micer Hefesto, zoppo y feo hasta rabiar con quien por lo común hago buenas migas. Claro que, cuando donna Afrodita, la de los muslos flojos y querencia por el pampanaje de cualquier mastuerzo por natura bien dotado, pone al maestro herrero  en suerte de varas, seca este como primera provisión la bodega de don Zeus (por eso y no por otra cosa opositó a olímpico copero), y perdidos bonete, tenazas y martillo trasmutase en un perrezno insoportable... ¡Cuesta superada!. Giro a la izquierda, enfilo la plaza y a la altura de la Cal de Putas doy con ocho o diez miembros de la compañía de escobas del Corregimiento; son hembras la mayoría, y todos y cada uno porta un bocadillo capaz de dejar con bascas de hartazgo a mi señor Pantagruel y compaña.

 

Calles angostas las que pateo. Ruas de lacónico tiro en las que el aliento tóxico de de los furgones de reparto agrede a los sentidos. En la túnica compleja de ese aire enrarecido, estampado queda el concierto de las horas que pronuncian unísonos los campaniles. Qué se yo porque desacuerdo me vienen unos palabras de Stendhal a la punta de la lengua: “Voici des détails exacts”. Callejeo dolido, congestionado y tieso como "Cipote de Archidona"; pesa la letra de la bolsa que acarreo y a cada sorpresa la mudo de mano. ¿Quedaran extraviadas palabras por el camino?. Un chino tira de un carro del que rebosan comestibles cuya fetidez disimula el plástico con el que van amortajados; tiene la jeta de batracio y los andares de un mulo de artillería; hace un alto, ceba el cañón con un mugido de res carnicera y dispara un lapo que, en cuanto a color y tamaño, recuerda mucho a una tortilla de espinacas podrida. Retoca luego la obra con la punta de pie y continua su venenosa y sínica marcha. Todo con una espontaneidad que no necesita de estimulo alguno. Y ahora, el animo regenerado tras la avalancha, dudas: ¿Hacer presa en su cuello hasta que cruja como rama seca? ¿Reprenderle ásperamente? ¿Vitorearle por el prodigio a mis ojos ofrecido?. No acierto a decidir conque eslabón quedarme, así que, con cierta simpatía y cerrando los ojos ante la prueba de cargo, opto por silbar un fragmento de “El Huésped del Sevillano”.

- Es usted bobo, don Gaiferos. ¡Mira que dejar sin su correspondiente zurrapelo a un chino que empuerca la ciudad...!

- No se moleste usted, don Pepemeremenegildo, pero servidor tira más por lo simbólico.

- ¿Como?

- Que el símbolo es -sub ratione psychologica- vehículo transparente de la imagen.

- ¡Hostia, tu...! 

 

Rugen cerrojos y puertas y trapas; rugen las tripas "añudadas" de quienes sin catar bocado van al tajo. Se afanan los tenderos madrugadores. Va la cigüeña parroquial del nido a la charca. Pasa con la rigidez somnolienta de boa ahíta la "manga-riega-que-aquí-no-llega". Se saludan con sintaxis coloquial los avenidos a la hora.

- ¿Como dices...?

- Digo que los que van y vienen a la misma hora se saludan, por costumbre, y aun si conocerse de otra cosa, mediante actos ilocucionarios declarativos... ¡Buenos días!. ¡Vaya bien!. ¡Que te jodan!. ¡Hasta mañana!...

- ¡Ah!. ¿Y eso sabiaslo tu ya, o enseñarontelo en la fabrica?

- Verá, don Teófilo, esto lo llevo en la mollera desde que don "Nicaso", el profe del Instituto que se suicido comiéndose una mala gramática comentara que, como el habla tiende al pragmatismo, debería  de explicarse por su causa y efecto, por sus resultados interpretativos inmediatos. Le diré más:  para el difunto y para un extranjero al que seguía, en el habla existen actos asertivos, comisivos, directivos, expresivos y declarativos...

- ¡Cojonantuan! ¿Pero... tu no andas, como da pregón tu madre, en eso de preñar a las mujeres que con picha no cargan?

- No señor, eso son infundios; servidor anda itinerante con una máquina de la verdad, paranoica y estresada. Saco empleados desleales, cónyuges cornupetas, funcionarios corruptos, falsas preñadas, jueces prevaricadores, obispos disolutos, violadores de arrepentimiento falsio, sanadores de pega, exiliados de pasar por caja, tullidos fingidos..., cosas de esas. Engaños.

- ¿Has enchufao a algún concejal de los d'aquí?

- No señor, los hideputas antes que dejarse tiran de cabritera.

- Naturranga...

 

Y sigo la trama vetusta de las calles, de acá para allá, a saltos beodos de caballo de ajedrez. Cargo con la vejiga llena y no puedo menos que envidiar a un chucho sin amo que mea indolente sobre un pilar de los soportales de lo que fueron casas del Cabildo. Ya no se ven perros vagamundos. Una pena la ausencia de su cervantina figura. ¿Progreso?. No lo creo. Me gustan los perros solitarios y emancipados, cata hombres, vivales; los perros de andar al albur que, en cuanto a orgullo, achican hasta la nada a sus congéneres falderos. De joven, uf... cuanto hace, les protegía a pedradas de los laceros. Cerbero me lo pague.

Me complace que las calles estén rotuladas con nombres de oficios viejos, de gremios, de artes. Nombres de afán y labor, identitarios; nombres que acaso den significado a un pueblo interesado en saber como fue un día. Su sonoridad, a la vez melancólica y honrosa, siempre es ocasión, para mi, de nuevas indagaciones conducentes a garbear por la historia a mi manera. Como es de ley.

Y, al humo de esta sobrevenida hoguera, decir que hay un texto, en catalán, capaz de embrujarme toda vez que a viva voz le leo. Expurgado por imperativos de tiempo que no vienen al caso, viene a decir así:

«... En quant a oficis de arts mecanicas, son los més de sabaters, sastres y fusters; hi ha agunas botigas de rellotgers, que cada dia se van extenent, perqué casi los més portan rellortge en la faltriquera; quinquillayres, cofieras, modistas; sense las de molts perruquers y chocolaters, que se van aumentant de dia en dia. Altres butigas de llibreters, los mes en lo carrer de la Llibretería; de argenters, fora alguns en diferents carrers, tots en lo carrer de la Argentaria o de la Plateria. Altras butigas de robas en est carrer de la Argenteria, Barris de Santa María del Born y carrer de Montcada; en lo carrer Ample las més de las butigas son de brodadors, pasamaners, quinquillayres, y altres de est genero en molts carrers y plasas de la Ciutat. Los calderers estan en lo carrer de son nom, vehí de la Boria; los blanquers y assahonadors prop del rech de la Esplanada; los courers, llautoners y estañers en la Boria; los guerrers, en lo carrer del Tallés los més; los escudellers, en los dos carrers de son nom; los daguers, en lo carrer de la Daguería, propr de Sant Just; los manyans, en lo carrer dit del Regumí y en los altres puestos de la Ciutat, los primers prop de la Capella de Sant Christofol y plasa de Correu. Los ferrers de tall, a la entrada del carrer del Hospital, cantonada a la Rambla y frente de la Bocaría. Los manascals y carreters en la Rambla y prop de Sant Agustí vell, ab tot aquell carrer del Portal Nou, etcétera. De arts lliberals, a saber: pintors, estudis de llegir y escriurer, apotecaris, metges, cirurgians y barbers; advocats, notaris y procurador; escribents notaris ab los del ram de Contaduria: marchsns, corredors de orella, fadrins de negoci, etc., ni ha de tots prou grosa porció en la Ciutat, com també butigas de adroguers.»

[...] 

Excursions d'En Rafel d'Amat Cortada i Senjust per Catalunya i Roselló en l'últim quart del segle XVIII.

 

CONTINUARA.


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lunes, 4 de febrero de 2008

De Niebla y dos Raros.

Tengo buena proa: una nariz como escoplo que corta sin miramientos ese puré noveau-cuisine que es la niebla. Monto en bici (me gusta más el termino pedaleta), bien abrigado. Quedan bailabotes que aun se sorprenden del modo de locomoción sobre ruedas de mi preferencia.

- ¿Como "es que" vienes en bicicleta?

- Es que tras los impuestos que suelto en tu beneficio no me queda pa'más.

- ¡Serás cabrón!

- Pues eso...

He madrugado, y con tiempo por delante me he dedicado a buscar la receta de algún condumio decente en el “libro con tapas de abedul de mi bisabuela”. Hoy comen en casa mi amiga Astrid y su nieta de igual nombre. Mi amiga es danesa y traductora. Su nieta también es danesa, pero no se da a la traslación de lenguas porque tiene nueve años, la piel cuasi transparente, los ojos picando a grandes, tintados de un hermoso verde violáceo que recuerda a una aurora boreal, media melena, negra, que sorprende a propios y extraños por estar entreverada con lenguas de fuego... Un hermoso e incomprensible cabello el de la chavala. Pelos de bruja longobarda, dice su abuela. Un corrector dental que apenas se percibe se ve que la incomoda. Su padre se llama Claus, diseña muebles de oficina y se lleva bien conmigo. Claus es quien me mostró la Copenhague de quita y pon, la que es distinta de noche que de día. Claus colecciona libros sobre el arte de la pirotechnia y artillería; aunque en lo que más ingenio pone, lo tengo probado, es en el perfecto aparejo de moscas para pescar. A la pequeña Astrid le gusta mi casa y aun en dánico se entiende con mi gato. Cosas de felinos, digo yo.

Como se ve la valía de mis amigos es muestra de lo vario que es el mundo. Y es de la suma de sus miserias y grandezas de donde bebo y aprendo.

De cuando en cuando y atendiendo a criterios que me son del todo arcanos Astrid me envía algún libro. El ultimo lo he recibido hace apenas unos días, por Año Nuevo. Su titulo, “Gesta Danorum”; su autor Saxo Grammaticus, un danés del decimosegundo de los siglos que le daba a la péndola con vehemente fantasía. Con parecida frecuencia, y sin que ello sea de considerar como causa y efecto, me hace largas llamadas para inquirir mi opinión sobre algo que esta en camino de verter al castellano. Dice que la gramática es un juego muy holgado, que prefiere mis opiniones sobre lexicografía, sintaxis, fonética, prosodia y esas cosas antes que las de un casposo diccionario. Eso demuestra tres cosas: su bondad extrema, el cariño que me guarda y la cantidad de escrúpulos lingüísticos que los traductores concienzudos llevan en la cabeza.

¡Coño!; nada nuevo bajo el sol, colegas.

En la pesquisa que cura y barbero realizaron en la biblioteca de mi Señor don Alonso Quijano [Libro-I, Capitulo-VI], dice el pater, a propósito de la obra del poeta Ludovico Ariosto:

- Ni aun fuera bien que vos le entendiérades - respondió el cura* -; y aquí le perdonáramos al señor capitán que no le hubiera traído a España y hecho castellano; que le quitó mucho de su natural valor, y lo mesmo harán todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua: que por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento.

* La replica es al barbero, quien había manifestado poseer un ejemplar semejante pero en italiano. Lo cual no le capacitaba para emitir juicio alguno, pues confiesa haber intentado leerlo sin entenderlo.

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¡¡¡Maldito fax, cuanto me toca los colgones!!!

... Nada sobresaliente. Veamos como lo suelto de una tacada: Es sobre las variantes de un moho utilizado para la producción industrial de un ácido orgánico implicado en la fabricación de la resina que acompaña al papel de embalar que ha de estar en contacto con alimentos... Si me da por ahí, recuerden que uno es propenso a la payasada libertaria, otro día lo contare al detalle.

Pongamos que estoy en el mercado:

Voy a preparar consome (morcillo de vaca, zanahorias, agua, puerros, despojo de gallinas, apio, huesos blancos, cebolla picada, pan tostado, huevos, aceite y cebolla tostada), perdices con uvas ( perdices, salchichas, trufas, un huevo, champiñones, zanahorias, cebolla, jerez, agua, pimienta en grano, uvas blancas, uvas negras y manteca) Babarua de naranja (naranjas, un limón, huevos, piña, nata, azúcar, cola de pescado, agua, mantequilla y cerezas confitadas). La manteca de cerdo y las uvas negras no han sido fáciles de conseguir. Y perdonen que no me extienda en las cantidades y modo de preparar la minuta, pues esto esto es un mero listado enumerativo.

Cierto, el fax me ha metido prisa y es de entender que marche un tanto atropellado. Igual me da; es lo bueno que tiene ser timonel y remero a la vez. Sigo:

A mercadear abastos con fundamento enseñome mi madre, dama tan ahorrativa como generosa inmunizada de nacimiento contra las garatusas antideportivas de los tenderos. No es malo, por demás, salir al albur de la vida con doctrina suficiente para evaluar la calidad de lo que uno se ha de llevar a la boca.

Abastado como el reglamento manda enfilo una calle sombría y angosta y meada, cuidando de sortear los filos asesinos de un centón de botellas rotas. Me muevo, sépanlo ustedes, en la ciudad mas sucia de Europa; en la comuna vecinal donde los guarros por excelencia nacen por generación espontanea. Tiene la ciudad timbre y gloria, escudo y un lema heroico larguisimo al que es de justicia añadir: “Y LA MAS COCHINA DE OCCIDENTE”. Veo poco y pedaleo con temor, de oído. Esta calle peatonal en concreto es como una autopista a la que se hubiese suprimido el peaje. Cuando tomo una rua encalcetada (calle estrecha con el firme de paves) la mochila baila enfadosa a mis espaldas. No hago caso del incordio con el que cargo, puesto que dos bocacalles mas allá está el bareto al que me dirijo: un antro que, pese a la roña y su mimetismo con el entorno, no deja de tener gracia y encanto.

En tanto amarro la pedaleta a una señal de trafico innecesaria creo ver, entre los puntales del andamiaje de un edificio en restauración, al señor "Destripador"; aunque acaso sea un canónigo que deja matutino y de tapadillo a su barragana. Cruzado mi particular Rubicón observo que la luz y el calor son los primeros signos del cambio. Gracias a quien mueve las ollas, a la hora y al precio del condumio el local esta casi lleno. Un vaso de vino y una cazuela de bacalati con pimientos y tomati van a ser los solazables fundamentos de mi pedido. Mientras espero a dictar la comanda me da por recordar aquellos cinco motivos que don WiKram, escribano de oficio del magistrado de Colmar allá por el siglo XVI, apuntó a la hora de beber vino en su «Art de boire»:

1.º L' arrivée d'un hôte.
La llegada de un huésped.

2.º La soif présente.
La sed presente.

3.º La soif future.
La sed futura.

4.º La bonté du vin.
Las excelencias del vino.

5.º Toute autre cause...
Cualquier otra razón...

Mientras como sentado a una de las pocas mesas libres observo que hay muchas caras conocidas: Una puta borracha de ultramar babea melancolía sobre lo que me parece un batido; cuando se la tercia dice a quien este a su lado: «Dass cisgarrro amoorr» «Pues claro, morena»; y si se lo dan lo guarda en un paquete arrugado. Dos taxistas cambalachean con unos embutidos que dicen ser sorianos. En la tele, abusiva en su volumen acústico, dicen no-se-qué sobre don Zapatucos el de las Mercedes. Unos esquiadores trasiegan pacharán y bollos. El ciego del puesto de la plaza de al lado reniega contra un carcamal que entrena a no se que equipo de "furtból". Un deficiente llega con los periódicos de la mañana; salta un troll de su asiento en la barra y se los quita de las manos. Deslumbra la pandilla basurilla cuando entra de naranja y amarillo; el conductor del camión me dirige un gesto de saludo; le conozco porque hace muchos años me servia gasóleo. Al remover los pies bajo la mesa doy con una caja de naipes,vacia; la cojo, y mientras la hago girar sobre la mesa pienso en un adivinanza para los colegas del bar: «A ver, bandarras, en los números entre uno y diez millones, ¿hay más números en los que aparece el numero 7, o números en los que no aparece?». Entra un cojo con una brazada de cebollas y ajos. Las tragaperras giran al tiempo que emiten mecánicos cantos de sirena; publico no les falta, y su estúpida vehemencia me trae a las mientes unos versos de Lope de Vega: «pues que lo paga, es justo / hablarle en necio para darle gusto», claro que el fénix de los ingenios se refería al ignorante vulgo que acudía al teatro. Los gemelos España llevan zampada media docena de huevos fritos por barba; están congestionados y sudan; cuando se pellizcan la camisa para separarla de la panza temo se despeloten y, en plan Pazzi*, salgan a revolcarse por la calle para refrescarse. Ruido de cacharreria caída tras la barra. Entra un municipal a decir algo a la pandilla basurilla; cuando sale observo que a duras penas puede con la parafernalia que le cuelga de la cintura. Pi el de los camiones me pide el cuchillo para cortar la cuerda de un paquete que acuna entre los brazos; echo la mano al bolsillo y le paso la navaja, pues desde los diez años toco con virtuisimo el cortante instrumento; uno que va con el y a quien no conozco hace gestos de asentimiento, se le ve hombre de campo y me comprende. Maruja (tira un pedo que ruja, bromean con ella) la estanquera se desembaraza a mis pies de una saca de tabaco; luego pide a gritos la llave de la maquina y me tira sobre la mesa un caramelo. Llegan los de la auto escuela y por lo que sea les abuchean; cosas del fútbol, creo yo. Dos jovencitas miran, husmean y acaban sentándose a mi lado; chocolate, zumo y churros es lo que comandan; aparto la mochila para que se encuentren mas cómodas y sonríen; una habla de liposucciones y la otra, indiferente, ojea tras colocarse unas gafas un texto de Keats, lo cual me sorprende y ha dado lugar a esta posada. Llega uno de mis hijos con el doctor Caballero; este acaba de finalizar su guardia, aquel viene a contarme una milonga que cuesta dinero...

* Pazzi, María Magdalena de; 1566-1607; canonizada en 1669. Una de aquellas excepcionales carmelitas visionarias tocadas por arrebatos místicos y patológicamente obsesionadas por la simbología de la sangre. María Magdalena (bautizada como Caterina) es fama que sufría tales ardores corporales, trasunto del consuntivo amor divino, que, no era raro se despelotase para arrojarse al agua helada. Era esta hija de Camilo Geri de Pazzi y de una Buendelmonti; o sea que la casta le venia de su famosa y conflictiva familia: güelfa y florentina. En 1478 su antepasado Francisco Pazzi liose la manta a la cabeza y metió hierro a Julián de Médicis: esto tuvo como agravante el haber ocurrido en Santa María del Fiore, durante la misa y en el momento en el que el celebrante alzaba el "copetín divino". El atentado tenia como objetivo a Lorenzo el Magnifico, y era una parte mas en el desarrollo de aquel correr de sangre que vino a llamarse “conjura de los Pazzi”.

El bacalati de mimo, como siempre.

- Mire usted, don Tarsicio, es que a mi el bacalao hasta con moscas.

- Será usted marrano...

- Según se mire, oiga; si hacemos cuenta de que en la tradición rabínica las moscas son los sueños de don Belzebú, pues un bacalati así ilustrado no deja de ser un gozo suplementado.

- Parece usted bobo, caballero.

- Que le den por el cu...

- ¡Oiga..!

- Tiene usted razón, lo lamento. Ha sido cosa de mi gusto por la libre expresión y de esta bocaza canalla que Dios me dio...

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Toca a estas alturas, mas que otra cosa para dar fe de la salud de mi cabeza, aparejar un dueto de poemas de los que guardo en el cartapacio de "Curiosos y Raros". Surgió la idea, ya lo he apuntado párrafos arriba, inmediatamente después de dejar aquella surrealista geografía de voces, tintorro, camaradería fingida, fritangas y bacalati con tomati, espoleada la imaginación, justo es reconocerlo, por una pulcra e inusual lectora de poesía. A ella y a quienes se dan sin complejos al placer de la lectura, dedico esta capillada.

Escribe Camilo José Cela:

En la Caja de Ahorros Provincial de Málaga se conserva el archivo de don Narciso Díaz de Escobar. En el figura la carta que le dirige el poeta Salvador Rueda con fecha 4 de abril de 1887 y que contiene, firmado por Un Follador, el soneto El cohito (sic) que copio a continuación:

Tras el flotante y blanco cortinaje

que oculta el lecho como dulce nido,

un ardiente galán, de amor rendido,

tributa a una hermosura vasallaje.

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Sacándose la polla con coraje

a la dama la enseña enardecido;

y alzándole las orlas del vestido

la provoca con lúbrico lenguaje.

----------

En el lecho en que amantes se embelesan,

sus lenguas sonrosadas se entrelazan:

y aquel incendio del amor lo expresan

----------

cuatro brazos convulsos que se abrazan,

cuatro labios ardientes que se besan,

y un cipote y un coño que se enlazan.

Don Ildefonso-Manuel Gil escribió en 1950 a propósito de un poema inédito de Zorrilla:

Debió ser buena, para los espectaculares poetas de entonces, la existencia de un salón donde pavonearse y en ocasiones merendar...

[...]

Valioso elemento auxiliar de la estrategia femenina y ornamento gracioso de aquellos salones fue el abanico. Y como tal no sólo fue cantado por los poetas, sino frecuentemente ennoblecido con sus versos autógrafos. Y en uno de estos bellos abanicos es donde he visto unos versos inéditos de Zorrilla...

[...]

Contaba ya el poeta sus sesenta y siete años cuando escribió estos versos. Faltaban menos de nueve para su muerte y estaba por aquellos días en plena gloria concretada en homenajes públicos, que llegaron hasta la inauguración del teatro Zorrilla en su Valladolid natal. Nos cuenta don Narciso Alonso Cortés en su monumental obra sobre la vida y las obras del poeta, que desde su regreso a Valladolid, el 21 de septiembre de 1884, hasta el 31 de octubre, en que se inauguró el teatro de su nombre, Zorrilla fue aclamado y admirado en actos públicos y en reuniones particulares. Cita como ejemplares las celebradas en los salones de los condes de Oliva. Quizá en una de ellas fue solicitado este este autógrafo y tantos más, que sabe Dios dónde andarán.

[...]

A RAFAELA

¡Rafaela de mi alma, tú desvarias!

¿Quién ya estima en el mundo mis poesias?

Yo no me explico

Que leer mis versos quieras en tu abanico.

Mas esclava de de tu alma mi alma se siente:

tú mandas, yo obedezco: ten, pues, presente

que estas endechas

Para serte ofrecidas sólo están hechas.

Yo no escribo ya versos: ya no me inspira

mi muerta fe, y mi musa rompió su lira.

De tu abanico

no obstante, Rafaela, préstame un pico,

y lee en él: " pues que versos mios deseas

por tu afán generoso bendita seas,

y al aire leve

de tu abanico al alma la paz te lleve.

Hoy en tu alma tan sólo cabe el intento

de volver mis endechas a dar al viento:

y así me explico

que las prestes el aire de tu abanico.

Cuanto Dios de su palma soporta encima

no es mas bello que el alma que a ti te anima:

de tu alma hermosa

igual a la hermosura no existe cosa.

De tu abanico el aire la faz te arome,

y en él de tu alma efluvios la mía tome,

¡ves que edifico

castillos en el aire de tuabanico!"

"Dios de estos pobres versos que en él te escribo

haga de tus pesares el lenitivo,

y cuando orées

tu faz con ellos, logres cuanto desees.

¡Adios! - Ojalá lleven en su escritura

de Dios las bendiciones y la ventura!"

Yo le suplico

que un talismán te haga de este abanico.

(Valladolid, 24 de octubre de 1884)

JOSÉ ZORRILLA.

Apostilla también el señor Gil:

Estos versos no enriquecerán demasiado la obra editada de su autor, pero tampoco la empobrecerán, pues hay en ella muchas, muchisimas tiradas de versos bastante peores...

Y Rafaela contenta como unas Pascuas. He dicho.


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domingo, 23 de diciembre de 2007

Del hablar por hablar y de la conversación quebrada con C. J. Cela al fondo.

El aovado con cabeza de saurio gastaba un reló dorado tan pesado como una estrella colapsada. Debía de ser pieza de estreno, sino única o de museo, a juzgar por los gestos fuera de lugar -algunos como de tragasables- con los que lo ostentaba. Mi plaza era de nubes y rojizos tornasolados; de pasillo la suya. Entre ambas antípodas conceptuales (el palabro suena bien aunque me temo no sea del todo exacto) mi amigo Aníbal dormía como un tronco. Por el modo tan sublime con el que mi amigo en toda circunstancia duerme, apostaría que algún negocio se trae a pachas con el hideputa de Morfeo, el de la planta de adormidera en la mano y alitas de mariposa cargadas a la espalda. Iconograficamente Morfeo pica a maricón y Gadafi, le acabo de ver en la tele, a travestón, a echadora de cartas con tendencias marranas. Aníbal no. A mi amigo le he visto dormir, en Managua, sobre el mostrador de una tienda de comestibles desabastada mientras a dos cuadras las tanquetas de la Guardia Nacional y las botellas incendiarias de los insurgentes se explayaban. Imbéciles: muerte, ruido y humo para cambiar de amos.

Al otro lado del pasillo un joven muy pulido con barbita neroniana, si es que Nerón gasto alguna vez barba y la figura vale. Un joven, digo, entre nervioso y apocado que, a mi pesar y con supino desinterés, supe se llamaba Ignacio, era socio del Osasuna, aborrecía hasta lo patológico a los insectos, montaba en moto y tenia una novieta -enfermera- que le exigía mucho. Ambos, el joven pastueño y el saurio, trabajaban en algo relacionado con la industria farmacéutica. Eran colegas... La especialidad concreta del dúo me paso por alto, acaso, porque en el momento me encontrara leyendo un articulillo ajedrecistico sobre las "partidas de mínima duración por mate" (Hay ocho series de movimientos que empiezan en la posición inicial de la partida y terminan en mate al segundo movimiento de las negras; ejemplo: 1.- P3AR, P3R; 2.- P4CR, D5T mate; 347 series que terminan igualmente con mate al tercer movimiento de las blancas y 10828 al tercero de las negras), o escuchando "La danza de los cocheros" de Petrouchka, o embebido en un arcaico "Tratado de estereotipia, galvanotipia y metalografia tipográfica" que ha perdido todo sentido practico, aunque dilucide no pocos asuntos de interés tecnológico.

- ¿Y qué hay de nuevo en esto, Gaiferos? ¿Donde está la consecuencia ética o moraleja? Me temo que por dar visos de continuidad a este, su colchón de insulseces, termine usted escribiendo depravaciones o la más depurada de las bobadas. Cuente, oiga.

- Cierto que de nuevo no hay nada, como debe de ser y las ordenanzas mandan, y la moraleja es usted, atento lector, quien la debe de sacar al ruedo para lidiarla. Así que no se me sulfuren, coño, y déjenme seguir. Por cierto, depravación y de las grandes es hacer pasar al "canon digital" por constitucional. Miren, que una entidad privada sea depositaria y gestora de un impuesto estatal obligatorio e innecesario, suena cuando menos a bandidaje. A lo peor hay que ciscarse en ese papelucho que a nadie parece importar e introducírselo por las tragaderas a quien corresponda. Puñado de tontos en vísperas argumentan que el diezmo servirá para llevar a justo termino las ganancias de nuestros mas valiosos conciudadanos, perjudicados ellos, pobriños, por la terca incivilidad del paisanaje. Joder, que chuscada; será la ganancia de alguno de los suyos, digo yo. Si los mas granados intelectualmente de entre los nuestros perteneciera al gang, mejor que España se hundiera en el mar y que el diablo nos llevara a todos. Esto es de autoexilio, repugna y da asco.

En fin, es hora de cerrar el circulo de lo inefable.

La singularidad de la extraña pareja era evidente. Su nula comunicación verbal... de elevado rango. Apenas rompía a hablar el joven trefe cuando, egotico, saltaba el saurio como a resorte y le mordía las palabras, engullía todo atisbo de conversación fundada. Mira que uno ha visto cosas, pero hasta la fecha jamas canibalismo verbal de semejante categoría. Estoy por asegurar que en cuatro horas largas de vuelo no termino el pobre muchacho mas de media docena de frases. Para pasmarse, señores.

Sabido es que mediante la agudeza, la conversación puede convertirse en un arte: exigente, difícil, mejorable, espontaneo..., como todo arte. Sobre la conversación se ha teorizado mucho, empezando por los metódicos señores socráticos. Se han escrito centón de métodos inútiles sobre la misma y no hay diccionario filosófico que se precie que no la reserve un abundoso espacio. Unos y otros trastean en vano con las palabras, y obvian que el buen conversador llega a serlo mediante una acción pedagógica temprana. Nadie, por lo que he visto y leído, se preocupa de cosas capitales como la adquisición natural del lenguaje como fenómeno de intercambio; el entorno en el que se lleva a cabo; su desarrollo rítmico y guiado; tampoco de los desordenes perturbadores de su naturaleza enumerativa; ni de la imitación y el continuo ejercicio... Cuentan, a saber por qué, de la complicidad entre el lenguaje escrito y el lenguaje hablado. Mentira. Los mejores conversadores que conozco apenas se ponen ante un folio en blanco quedan paralizados. Tampoco hay que confundir el narrar con el conversar, puesto que las coordenadas espacio-temporales son del todo distintas: se narra, mejor o peor, con la memoria; se conversa, sin embargo, siguiendo las pautas cerebrales de influjos auditivos inmediatos...

Lo dejo, coño; estamos en vacaciones y no es tiempo de catequizar a nadie.

Por acabar: Como adicto al buen vino conversado (se puede probar que la palabra mejora cualquier noetico caldo; al fin, es la charleta sacerdotal, entre los católicos, la que místicamente transubstancia el vino), mi nadar es entre excelentes conversadores. Yo también creo serlo, pero en mi no tiene mérito ninguno, puesto que mi aprendizaje primero tuvo lugar entre individuos que, a falta de otras mundanidades, dominaban de pe a pa esta incruenta esgrima verbal de la que hablamos.

A primeros de los años cincuenta del pasado siglo, Camilo José Cela escribió al respecto:

SOBRE EL DELICADO PLACER DE LA CONVERSACION
(Cuando el niño sabe decir piedra, entonces la mollera se le cierra)

Siempre he creído, y no sería cosa de volverme aquí atrás, que eso que se llama el delicado placer de la conversación suele ser tara, más que virtud, y cortina de humo, antes que chorro de luz.

Con frecuencia, el buen conversador cubre de palabras su hondo vacío de ideas y adorna, con su pronta voz, el desierto de su tardo discurrir.

Reunirse «a conversar», que se tiene por fino pasatiempo, se me antoja algo tan rigurosamente inútil como reunirse a no hacer nada. En el mejor, o, por lo menos, en la mayoría de los casos, la conversación no pasa de ser un juego de sociedad como el bridge o el pinacle.

No creo que tuviera razón Pascal al decir que con la conversación se forman el espíritu y el sentimiento. Esto, bien mirado, no es sino vana palabrería y, a la postre, «tema de conversación». A menos que Pascal, cosa tampoco improbable, llamara conversación a algo que, por regla general, no llega a alcanzarse entre los conversadores al uso.

Se puede hablar o conversar por razones múltiples. Se puede hablar por hablar; se puede hablar para hacer huir las horas (Ovidio); se puede hablar por pedantería; por llamar la atención, por gimnasia, por vanidad. La Rochefoucauld deja bien sentado que, a menos que la vanidad le haga hablar, el hombre habla muy poco.

La conversación, en un noble y alto sentido que el tiempo y otras circunstancias le han ido haciendo perder, sí pudo haber sido, entre elegidos, un noble empeño, una aleccionadora realidad; lo que sucede es que la conversación ha muerto, como la poesía épica o las civilizaciones antiguas, y sus últimos flecos -eso que se llama, digo, el delicado placer de la conversación- hieden a carroña al aire, a mojama que se obstina en perfumarse con pachulí.

Las dos balas, o los dos navajazos, que hirieron de muerte a la conversación, fueron el pasarse -los conversadores- el tiempo «contando cosas», actitud que condujo al uso y abuso del chiste, ese antifaz que, sin serlo, finge el ingenio, y el no «pararse a pensar las cosas» y hablar al acelerado ritmo que se nos impone y que no siempre está sintonizado con nuestras entendederas. En menos palabras: se ha cubierto el sano discurrir con la gruesa manta de lo ingenioso, de lo agudo, y el sano discurrir se ahogó. (Obsérvese que el hombre ingenioso en la conversación suele quedarse en eso).

La Bruyère, que estudió este fenómeno de la conversación con tanta sagacidad como detenimiento y solidez, afirma que hay personas que comienzan a hablar un momento antes de haber pensado, y añade que una de las señales del ingenio mediocre es la de estar siempre contando cosas. La certera observación de La Bruyère se ha acentuado de su tiempo al nuestro: hoy hay más conversadores que razonan a remolque de su palabra y más irredentos contadores de chistes que nunca hubo.

Las cosas han llegado a semejantes graves extremos , que cualquier persona que ande un poco por el medio puede ser testigo de esas conversaciones «a tema fijo», en las que se intenta discutir, por ejemplo, qué es más importante, si amar o ser amado, o cualquier otra zarandaja por el estilo.

Insisto en que, como juego de sociedad, la conversación, como el parchís o la canasta uruguaya, puede cumplir perfectamente esa subfunción a que ha quedado reducida, pero el buen arte, el noble arte de la conversación es algo que se ha perdido. Por eso le llamamos, en irónico y doble sentido, «delicado placer», placer para uso de «snobs», de dogmáticos y de bachilleres. Massimo Bontempelli dice que ya no hay quien conozca el arte de la conversación, de la discusión. Conversar -añade- es entrar en el surco que ha trazado el otro e insistir en el trazo y perfección de aquel surco; dialogo es colaboración.

Para nuestra desgracia, estas nobles palabras de Bontempelli no sólo no han perdido vigencia, sino que, a medida que los años pasan, cobran nuevos y más lozanos impulsos.

Hoy, a la gente, no le gusta conversar, departir, hablar con sus semejantes, sino tener razón a ultranza y caiga quien caiga. O, al otro extremo del alambre, hoy a la gente, también se puede afirmar, lo único que le place es «conversar», en su más inmediato y riguroso sentido etimológico, esto es, dar vueltas a las cosas, aunque jamás se llegue al fin.

Las apologías de la conversación que hicieron los antiguos -Cicerón, Ovidio, Plinio, Séneca- han perdido vigencia, y sus palabras nos suenan ya a hueco reflejo de más felices tiempos.

A mi juicio, la conversación ha muerto agotada, ha desaparecido porque la hemos acabado como un queso, ni más ni menos, Los hombres pasaron por un tiempo - quizás un tiempo que va desde fines del XVIII hasta la segunda mitad del XIX- en el que creyeron que los negocios del alma y del estado podían arreglarse a fuerza de hablar de ellos, y tanto y tanto hubo de hablarse de todo, que la conversación, como algunas especies animales de períodos geológicos prescritos, se acabó.

Los rabos sueltos que aun quedan, de cuando en cuando, por ahí, no son sino un mero espejismo y jamás una realidad.

Y sus cultivadores, algo tan raro y tan benemérito como los concertistas de clavicordio.



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