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lunes, 10 de marzo de 2008

UNO DE GETAFE EN PARÍS (III)

«Si tú callas,
se me mueren a gritos mis palabras,
mientras se oye la Ausencia con graves pisadas
y el mundo parece que queda a tu espalda»

J.G. Manrique de Lara

PREVIO A LAS UVAS: La literatura que he encontrado acerca de la figura de Daniel Urrabieta Vierge (no se tengan en cuenta catálogos, sucintas reseñas de exposiciones o gori goris de subasteros que a nada conducen) resulta de una pobreza extremada: como si existiera una conspiración para hurtárnoslo a los ojos. Pero no hay en estas tierras que con tanto acierto dibujó, imaginación y voluntad para semejante esfuerzo. Si que hay, para tomar y regalar empero, desidia e inepcia sobradas... Apuntar como curiosidad, no obstante, que en la extensa, magnifica, culta y "fiera" introducción que Antonio Bonet Correa hace de “EL FUTURO MADRID”, obra de Angel Fernández de los Ríos citada aquí, he dado, satisfecho y por una de esas circunvoluciones del azar, con una referencia a Urrabieta Vierge que dice así:

Samuel Urrabieta Vierge era hijo del grabador Vicente Urrabieta Ortiz (1823-1879) y hermano de Daniel Urrabieta Vierge (1851-1904), el gran ilustrador del siglo XIX, cuya brillante carrera se desarrolló en Francia. Para la bibliografía sobre Daniel véase el libro de José Filgueira Valverde, El viaje a Galicia de Urrabieta Vierge, (1880), Santiago de Compostela, 1969. Sobre Samuel no existe ningún estudio especial.

Es el motivo de la nota:

En el número 26 de junio (1880) el propio Jacinto Octavio Picón escribía la larga necrología (sic) de D. Angel Fernández de los Ríos. Su texto censurado en Madrid aparecía por lo tanto incompleto. Pero estaba ilustrado con un retrato hecho por Samuel Urrabieta, una alegoría de Fernández de los Ríos en su lecho de muerte por Pellicer y una vista de la escena del momento de depositar el cadáver en un furgón del tren que desde la estación de Orleans llevaría sus restos mortales a Madrid, también de Pellicer.





El cuento viene de aqui:

¿Qué iba a pasar?... ¿La muerte lenta?... ¿El eclipse de una fama?....

La parálisis no afectó, por fortuna, a su voluntad. Voluntad gigantesca, verdaderamente titánica, que le hizo vencer su roto destino. Así, poco a poco, recobró la memoria y sus neuronas fueron abriéndose a la luz del recuerdo. Así, poco a poco, fue adiestrando su mano izquierda al ejercicio artístico, y sus dedos dominaron otra vez el secreto de las líneas y las formas. Así, poco a poco, a pesar de ser mudo y hemipléjico, venció su angustioso estado por la poderosa voluntad y los destellos gigantes de su vocación artística. Con razón Edmundo de Goncourt escribió sobre esta resurrección del artista: «En el naufragio de su cerebro ha quedado una célula intacta: la célula del dibujo. No sabe leer, no sabe escribir; de tal modo, que para firmar una obra tiene que copiar trazo a trazo la firma de un dibujo antiguo, y, sin embargo, ¡oh, prodigio!, con la mano izquierda dibuja con igual facilidad y perfección que antaño...! ¡qué desgracia, esta muerte de la mitad de él mismo y, ciertamente, de algo de su talento, cuando iba a hacer un tan bello, un tan original, un tan español Don Quijote...!»

En 1889, Urrabieta se presentó con sus dibujos a la Exposición de París. Presidía el jurado Meissonier, quien no conocía, personalmente a nuestro compatriota. Propuso otorgarle la Medalla de Oro, a la vez que proponerle al Gobierno francés para la concesión de la Legión de Honor. Unos días antes de la inauguración, Urrabieta fue, acompañado de un pariente, a visitar la exposición. Al advertirle, le rindieron un sentido homenaje de aplausos. Unos días más tarde, justamente el 5 de julio, se le ofreció un banquete (Hasta no ha muchos años los del mundillo banqueteaban de lo lindo por cualquier pijada. Para muchos de los nuestros no dejo de ser un mata-hambres. Café, copa y puro eran el colofón obligado en todo evento artístico-cultural de la época que se preciara. ¡Puta Miseria!), al que acudió todo el París artístico y literario de la época, para el cual hubo un emocionado, a la vez que lacónico, colofón verbal de Urrabieta, quien con un gran esfuerzo apenas pudo balbucir: «Merci».

Urrabieta Vierge vivía en una casa de Boulogne-Sur-Seine. Allí pasó los últimos años de su vida. Vestido con una blusa blanca, trabajaba todos los días ante el caballete, sentado en un sillón de tijera. La luz del sol le entraba a raudales por una amplia cristaleda [...]

En un testero del estudio tenía Urrabieta un gran armario, especie de arca sagrada, en la que guardaba el tesoro de las ilustraciones de sus célebres obras: originales, primeras pruebas de láminas, esquemas... Allí se veían: «El escultor y el Duque», poema de Zorrilla; «La Monja Alferez» (VIDE); «El último Abencerraje», de Chateaubriand; «Don Pablo de Segovia», de Quevedo (Ver capillada anterior); «Le Cabaret des trois Vertus», «Rôtisserie de la Reine Padauque», de Anatole France, etcétera...

Vierge fue un extraordinario ilustrador de libros. Tenía un dominio absoluto del lápiz y una depurada técnica a base de pluma y aguada [...] Un editor francés recogió parte de estos dibujos en una obra titulada «Au Pays de D. Quichotte». Otra parte de ellos, doscientos setenta dibujos, se publicaron por el editor inglés Disher Unwin (Fisher), bajo el título «The history of the valerosus and witty Knight errant Don Quixote of the Mancha», en 1906.

El gran poeta cubano José María de Heredia (Heredia Girard; no confundir con Heredia y Heredia, cubano también), uno de los mejores amigos de Urrabieta en París, escribió de él: «Todo cuanto la poesía, la historia y la novela han creado de más bello en este siglo, Vierge lo sintió, lo comprendió y lo tradujo; y al hojear la gran historia de Michelet y tantos libros de Victor Hugo, no se sabe qué admirar más, si la prodigiosa fecundidad del dibujante que los interpretó, o la soltura y variedad verdaderamente maravillosa de su genio... Los estudios más pacientes y eruditos no podrían suplir a ese sentido misterioso, casi adivinatorio, que presta a la obra de Vierge un vigor original, un encanto extraño y penetrante, en el que parece haber resumido todo el arte del posado. Yo he visto en la pared de su taller un grupo de sátiros y de egipanos con guirnaldas de pámpanos, blandiendo tirsos y ejecutando una danza que Eufronio o Nicóstenes no hubieran tenido a menos representar en el fondo de un ánfora o de un kylys. Alguno de sus burgueses o prebostes de París, bien iluminado, podría ocupar su puesto en primera línea entre la multitud que se oprime en el estrecho cuadro de las miniaturas de Jehan Fouquer. Ese torneo en que la lanza de Montgomery tiñe de sangre real las flores de lis de Francia, esas batallas dibujadas de golpe, recuerdan los ingenuos y expresivos grabados en madera que adornan y explican por su comentario figurado, en las páginas del Sueño de Polifemo, las más sutiles alegorias de Coloonna. Esos asaltos, esas tomas y saqueos de ciudades, esas matanzas horribles parecen haber sido grabadas por algún Romyn de Hooghe, alucinado, con atrevido buril, sobre la plancha ásperamente mordida. Ese raitre es digno de Goltzins (*) (Goltzius, creo yo), ese altivo perfil de caballero parece obra del buril de Tomás de Leu. ¿Y donde habrá aprendido a cabalgar tan intrépidamente nuestro jinete...? Y esos seis violinistas con pelucas rizadas, chaquetillas de seda con adornos de encaje y calzón acampanado que tocan alguna pavana o paspiés o zarabanda nueva, en obsequio de la noble dama que los escucha sonriendo, apoyada de codos en la mesa donde se ve un frasco de vino, pastelillos y confituras, ¿no habrán tomado parte en los divertimentos que Poquelin de Molière sabía imaginar tan bien para recrear al Rey Sol? (Aquel que amariconó la indumentaria masculina poniendo de moda los zapatos con un palmo de tacón) Pero volved la hoja: la página es tan sombría como la otra era clara y alegre. Destacándose en negro, bajo un cielo negro también, estriado de líneas de luz, en las que se adivina el color de sangre, y por la pendiente de una cuesta pedregosa y agrietada se ven desfilar, en medio del silencio de la noche, varios caballeros armados y encorvados sobre sus monturas derrengadas. Otros conducen de la brida sus cuadrúpedos tan pesadamente cargados que tropiezan a cada instante, siguiendoles algunos perros escuálidos y con el pelaje erizado. Se ven diez, se imaginan ciento y se sueñan diez mil. Y no sé por qué esos pocos baqui-bozuks (aunque no se me escape el termino en su contexto narrativo, quedo pendiente de su significado exacto y de la propiedad discursiva del mismo) que vuelven del merodeo evocan el horror de las grandes invasiones de las hordas victoriosas, hartas de carnicería y de rapiña que llevaron a la conquista del mundo al feroz Atila, a Tchinghiz y a Timur».

Sigue el poeta Heredia:

«La parte puramente moderna, toda de actualidad, de la obra de Vierge, no es la menos extraordinaria. Ha renovado el arte de la ilustración por el sentimiento de lo perfecto y por el estudio inteligente de la realidad; y no se sirve de fórmulas triviales de pura convención, usadas por sus predecesores, cuyos dibujos imnpersonales no parecen ser más que reproducciones de cuadros. Doré, el más grande de todos por su prodigiosa interpretación de la luz y de las sombras, no fue más que un caprichoso de imaginación romántica y soberbia, pero con mediana ciencia y un dibujo ilusorio [...] Por otra parte, ninguno (de sus predecesores o contemporáneos en el oficio) ha conseguido abarcar tanto: en un dibujo de pocos centímetros produce la ilusión de la multitud innumerable y bulliciosa de las arquitecturas gigantescas, de los espacios inmensos y de las perspectivas infinitas [...] Vierge no es nunca seco ni descuidado y su ejecución, sabiamente variada, está siempre en armonía con su visión y su concepción. Mirad ese Nacimiento de la Infanta -grabado publicado en “Le Monde Illustré”-, esa escena de alegría y de pompa reales, donde bajo las arañas de oro y los artesones ricamente esculpidos, entre el brillo y esplendor de los tapices, de los cuadros y de los muebles suntuosos, entre la magnificencia de los trajes de las damas, de las vestiduras de los cardenales y de los obispos y el lujo de los vistosos uniformes militares recamados de oro, se desborda, corre y fulgura esa luz alegremente deslumbradora y tremulante tan querida del milagroso Fortuny...»

[...]

«El otro día hojeábamos juntos, en su taller de Boulogne, los cuadernos y álbunes que trajo del viaje que emprendió para seguir las huellas del Caballero de la Triste Figura. Mientras pasaba en revista, aunque apuntados tan sólo por algunas líneas al loápiz o por poderosos toques de acuarela, todos los países que Cervantes celebró: la Mancha estéril, los campos de Montiel, Argamasilla de Alba, Cárdenas, Alcázar de San Juan, con el divino Toboso y los campanarios, los miradores, las ventanas enrejadas, las hosterías y las gentes de Sierra Morena, donde el enamorado hidalgo dio tantos tumbos caballerescos en la Peña Pobre (hasta dejar ahíto al más glotón tengo escrito -en este apartadero- sobre estos raciales lugares), con sus cielos tempestuosos, sus rocas cegadas por el sol, sus terrenos agrietados y sangrientos y sus horizontes de azul sombrío, observaba de reojo el gran artista, que parecía complacerse en mostrarme cuánto había trabajado...»

Es ahora don José Altabella quien toma la palabra:

Murió Urrabieta Vierge y su obra quedó unos años en su estudio, cuidadosamente guardada por su hijo. Luego, la compró la «Hispanic Society of América», de Nueva York. Y en 1936, Elizabelth du Gué Trapier publicó un interesante estudio sobre el gran ilustrador con las reproducciones de los fondos de tan interesante obra. En 1944, en el cementerio de Montparnase, un reducido grupo de aficionados, bibliófilos y artistas, rindieron un homenaje póstumo a nuestro compatriota, colocando una lápida sobre su tumba, gesto piadoso y sentimental que mereció una crónica de don Eugenio d'Ors. Y hasta hoy (veintiocho de abril de mil novecientos cincuenta y cuatro), que volvemos a exhumar el recuerdo españolisimo del gran ilustrador Urrabieta Vierge.



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viernes, 29 de febrero de 2008

UNO DE GETAFE EN PARÍS (II)

Con mucha frecuencia, para persuadirnos a nuestro daño,
los instrumentos de las tinieblas...
nos vencen con inepcias honestas, para hacernos resbalar
hacia las consecuencias más abisales.

Banquo en Macbeth.

Los que se postulan para Amos de Calabozo mintiendo como bellacos y yo dale que te dale, a mi bola, describiendo y enumerando como si me fuera la vida en ello. Francisco Javier Hernández tiene escrito a propósito del Nobel de Literatura Claude Simon: « De ahí su desprecio de la intriga, de la lógica del relato, del suspense, sustituidos por lo que ahora se ha dado en llamar “el furor descriptivo” y que no es, en definitiva más que un intento de restitución del mundo a través de las impresiones, de las sensaciones, de los oscuros dictados de la memoria...» Bien traída la copla como coartada a mi obstinada manía...



Cuando días atrás salí por piernas de esta Barataria a mi gobierno (gánela tras muchos años de servicio como actuario de la IV Flavia, brava legión acantonada en una localidad danuviana -no logaritmica , ojo- dicha Mantissa...), sin dar noticia de la identidad del "xatafiense" al que vengo a mostrar reconocimiento, recuerdo haber quedado en lo más oscuro del desván, hincado de rodillas, escarbando como clueca en una tómbola de papelotes y objetos desclasificados. Y fue entre aquel mistifori apenas abarcable donde entre otras cosas y muchos: “¡Fuera, micho!”, encontré unos cuchillos y puntas de flecha de sílex pulimentado que mi tío M*, allá por las Catilinarias, consiguió en no se que lugar de Soria; unas castañuelas -con escenas medievales de caza talladas- a punto de la definitiva quiebra; una centena de botones pertenecientes a uniformes militares, mi padre en su mocedad los coleccionaba; un "tente bala" cosido a una Cruz de Caravaca por el oxido estragada; una navaja de afeitar en perfecto estado que fue de mi abuelo, Solingen es la marca y lleva en su estuche letrones y simbolos huecograbados. Como propio, propio, solo reconocí, entre los objetos, una muestra casi perfecta de antimonita a la que tiempo atrás puse ruedas en Japón. Era mi pretensión, seré gilipollas, hablar ahora del antimonio estibina o sesquisulfuro de antimonio, S3 Sb2, que cristaliza en el sistema rómbico, en cristales alargados y con las caras del prisma estriadas... ¡Dios, que disperso y cansino resulto a veces!

OOOooo

En fin, como el abate Evagrio aconseja contra la sugestión diabólica, pondré grillos a la imaginación, embridare los dedos nacidos con palabras que fluyen como ríos y me someteré, en definitiva, a la disciplina de los cánones - fútiles y extravagantes- de lo escueto y sentencioso. Pero antes es obligado decir que lo que en adelante corra, es fruto de las horas que aperrado eché escudriñando donde acaso no debía. A su modo entre terco y evasivo ya me lo advirtió Herr Monty: ¡Yerras, amigo!.

Advierto -tajante- que en todo lo que de provecho sigue no tengo concurso alguno. Es demasiado grande para mi. Me conformo, sépanlo ustedes, conque el aporte les depare algún conocimiento y sea semilla de "su" curiosidad hacia personajes olvidados igual de grandes. Lo cual que sigo, sin rubor y agradecido, el loable articulo de Don José Altabella titulado “URRABIETA VIERGE, gran ilustrador”, publicado por vez primera en el ejemplar VIII de “BIBLIOFILIA”, Valencia 1954.

Y he dicho "sigo", porque a fin de aligerar el texto, de adecuarlo al malhadado simplismo que los tiempos parecen exigir, he decidido editarlo tras el pase, probablemente indebido, por mi particular trefiladora. Entiéndase pues, tras esta protesta, que todo demerito que de aquí en adelante se observe... bla, bla, bla... mi impericia.

URRABIETA VIERGE

El centenario del nacimiento de Daniel Urrabieta Vierge, pasó por la actualidad española tan de puntillas, con tal sigilo, que apenas ha significado nada en la memoria del famoso ilustrador. No es tan larga la lista de dibujantes de su talla -se le ha llamado «el Gustavo Doré español»-

[...]

Urrabieta Vierge pertenece a esa estupenda teoría de artistas españoles que más han sabido universalizar el alma de nuestra Patria, precisamente por ser de los elegidos que han sabido entenderla, sentirla, plasmarla y con más rotunda precisión interpretarla [...] Y desde París, su fama irradió al mundo entero. Cervantes, que ha tenido por su «Quijote» tantos glosadores plásticos, pudo encontrar en su compatriota, como él manco, como él artista y como él, aventurero, un ilustrador excepcional [...] Y el que supo resucitar los tipos ideales de la Patria muerta, ha sentido ahora los zarpazos de la negligencia y despreocupación para su memoria, un tanto desnacionalizada ya de por sí, lo mismo que ayer, en un ayer de principios de siglo, España le volvía la espalda a la herencia de sus ricas obras, que pasaron a ser una joya de arte en Norteamérica.

<-------->

Urrabieta Vierge nació en un pueblo cercano a Madrid, en Getafe, en 1851. Es hijo del dibujante Vicente Urrabieta Ortiz, excelente grabador en boj, asíduo colaborador de la revista «El Museo Universal» y de las novelas por entregas que editan los Gaspar y Roig, muchas de las cuales estaban ilustradas por él. La madre de Daniel, Juana Vierge de la Vega, era hija de un soldado francés, que se nacionalizó en España después de la guerra de la Independencia. Al márcharse de nuestra Patria el general Hugo (Joseph Leopold - Sigisbert Hugo, Comte de Cogolludo) - padre del poeta francés Víctor - , de quien había sido asistente el soldado Vierge, éste decidió quedarse a vivir en España; se casó, y de este matrimonio nació su hija Juana, quien, más tarde, a su vez, se desposaría con el dibujante Urrabieta Ortiz.

Su hijo Daniel es un niño con tendencias artísticas precoces, alentadas y aun provocadas por el propio ambiente familiar. En su hogar se respira el arte, un arte con minúscula, un tanto menor, en que el buril del padre vence a la artesanía, y la voz de la madre llena de canciones la casa... Así, aquel niño de cuatro años es para la madre -en pleno apogeo de la ópera italiana- la ilusión de un gran cantante, a juzgar como entona cuanto oye, y para el padre, que le ve emborronar hojas con atisbos de sorprendente gracia, su hijo será pintor. El futuro del vástago se parte por gala en dos, y queda matriculado, al mismo tiempo, en el Real Conservatorio de Música y en la Escuela de San Fernando. ¿Será cantante?... ¿Será pintor?... Un día, se cansa del solfeo. La madre sufre una contrariedad. El padre, sin embargo, recibe el alegrón subconsciente de ver así posible llegar en su hijo más allá de donde él ha podido llegar.

Entre sus maestros están el retratista del Romanticismo español Federico de Madrazo y el paisajista Carlos Haes, y como compañeros de clase se encuentran Pradilla, Villegas y Martín Rico. Daniel enfila su vocación y sus gustos abriendo una brecha en el cruce de los diferentes estilos de Madrazo y Haes, el primero clásico y el segundo realista. Y copia a Velázquez y a Goya por los museos, pero pone sus lápices también al servicio de la greguería de las plazas y calles de aquel Madrid isabelino que pronto va a romper esclusas revolucionarias en Alcolea y Cádiz (Referencia a "La Gloriosa o Septembrina").

A finales de 1869, toda la familia se traslada a París. El joven Urrabieta Vierge llega allí con una noble ambición: abrirse camino en el Arte. Desde el modesto piso que ocupa con su familia en la rue Blanche, planea la difícil conquista de la capital. Es joven, voluntarioso y artista. Disciplinado en el trabajo, dibuja constantemente. Hace copias en el Louvre, pero siente la viva y palpitante atracción de la vida callejera y de las estampas urbanas, que él traslada a sus cuadernos de papel marquilla con profusión... Llena apuntes y bocetos en ejercicio laborioso, que disciplina sus lápices y su capacidad de ver. El vértigo de la vida, con sus múltiples manifestaciones coloristas, invade las retinas del joven dibujante.

Un día estalla la guerra (franco-prusiana). Los padres de Urrabieta quieren abandonar la ciudad ante el avance alemán, que amenaza el cerco de París. Daniel, no obstante, desea permanecer allí. El espectaculo del pueblo en armas (Comuna de París) le interesa. Y esos modelos de muchedumbres belicosas no los va a encontrar en ninguna parte. Y allí se queda, solo, dibujando para él mismo, acrecentando el archivo vivo, que luego constituirá el rico acervo de su estudio y desafiando todos los peligros inimaginables. Pero la suerte, muchas veces, es inseparable del peligro.

Cierta vez, en el momento en que estaba más enfrascado tomando unos croquis de la plaza de la Concordia, se le acercó un señor y se interesó por sus trabajos. Había en ellos tal vida, tal veracidad, tal realismo, que le pareció imposible que fueran sencillamente entretenimientos de un joven, no destinados a la publicidad. Charles Iriarte -famoso cronista de «Le Monde Illustré», la célebre publicación gráfica de la Francia del siglo pasado- fue el curioso a quien Daniel sorprendió con sus apuntes.

Le invitó a colaborar en la citada publicación. Y pronto entró como redactor gráfico de actualidad. Fue un precursor de los modernos reporteros de la fotografía y la televisión. Inmediatamente se hizo famoso en este quehacer inquieto, apresurado, lleno de urgencias, a la caza del suceso importante y de la realidad fugaz. Hasta entonces, los dibujantes imaginaban en las revistas la actualidad. Francia debe, pues, a España al creador de su periodismo gráfico, que, años más tarde, acreditaría entre nosotros, los españoles, don Juan Comba.

Urrabieta Vierge no regateaba esfuerzo alguno para lograr aquellas sorprendentes escenas, muchas de ellas arrancadas entre el fragor de las balas. Tanto, que se ha repetido muchas veces la anécdota de su detención por una patrulla de voluntarios de la Commune, que le tomaron por un espía. Los revolucionarios detienen e nuestro compatriota, a la vez que le imprecan:

-Espion a la solde de Versailles!

Urrabieta Vierge, creyendo que sus aprehensores le conocerían por su firma periodística, repetía, sincerándose, en una extraña mezcla de acento español, prosodia castellana y francés muy mal aprendido todavía:

- Ze souis Vierge... Ze vous dis que ze souis Vierge...

Pero los comunistas no atendían a razones. Es más. El equívoco entre su apellido y su significación en francés (verge = verga), aun complicaba más las cosas. Ellos, sin hacer caso de sus protesta, le decían:

- Ça nous est égal que tu sois vierge; la question n'est pas là. Tu t'expliqueras a la Prefécture de police.

Y allí dio con sus huesos, hasta que sus compañeros de «Le Monde Illustré» fueron a rescatarle.

Esta anécdota no le hizo retraerse de su carácter audaz. Y así, siguió dibujando el peligro y plasmando el riesgo en centenares de escenas: la revolución, el cerco, la entrada del ejército invasor, las negociaciones... Al llegar la paz, su nombre destacaba entre los más famosos de Francia.

Y esa misma paz serena su labor dejándole abierto el espíritu a más altas ambiciones artísticas. Y salta de la anécdota a la categoría. Sus dibujos toman vuelos más altos. Pintores famosos y literatos de renombre se interesan por este «observador visionario, descendiente de Velázquez, metido a periodista», como le calificara con oportuno juicio Gustavo Geffroy.

Victor Hugo, el genio a quien el abuelo de Urrabieta, siendo ordenanza, acompañara en sus paseos infantiles madrileños, tenía a la sazón, para el nieto, frases de elogio. «Me habéis conmovido muchas veces con vuestros dibujos», le dijo. Y tras la amistad, vinieron los encargos. Ilustró una edición de lujo de «L'Anné Terrible». Ante la obra de nuestro compatriota, todos coincidieron en afirmar que a Gustavo Doré le había salido un serio competidor.

Goncourt escribía: «Vierge, el único ilustrador de la hora presente...» Y el sesudo «Le Temps», por su parte, remachaba en un comentario: «Es Durero que resucita...»

Dibuja, pinta, decora, ilustra, ama, viva y triunfa. Gana mucho dinero, trabaja intensamente y vive bien. Victor Hugo le encarga nuevas ilustraciones, para «L'homme qui rit», «Les travailleurs de la mer» y «Quatre-vingttreize». Michelet le ofrece su «Historia de Francia y de la Revolución», para que la ilustre con su lápiz genial [...] Un día, sugiere a un editor francés traducir una edición de «El gran tacaño», de Quevedo, que él ilustra con acierto extraordinario. La obra, titulada «Don Pablo de Segovia», en la versión francesa, le brinda la oportunidad de volver a España, para entrar en contacto vivo con sus paisajes, sus rincones, sus lugares y sus recuerdos... Su ilustración se hizo tan célebre, que un editor inglés preparó una edición con sus dibujos. Y pensó en él para que realizara una colosal ilustración de «Don Quijote de la Mancha». Así, realizó, con este proposito, su segundo viaje a España, para recorrer, emocionado y artista, la ruta de la creación cervantina. Peregrino del arte por los caminos manchegos, llenó sus carpetas de apuntes, bocetos y diseños... Y al cansancio físico de las largas caminatas, él oponía la resistencia de sus grandes esperanzas en lograr una adecuada réplica a la fantasía improvisada y alegre de Gustavo Doré.

Pero un día de 1887... La jornada del gran homenaje nacional que Francia tributó a Victor Hugo, tuvo a Urrabieta totalmente emocionado, en vibrante inquietud de trabajo, tomando apuntes del extraordinario acontecimiento para su información gráfica en «Le Monde Illustre». De madrugada se puso a trabajar. Rendido, se acostó y durmió unas horas. Al despertar notó que su gran máquina humana se paralizaba... Había sentido los zarpazos de una hemiplejía que le paralizaba medio cuerpo, le hacía perder el habla, la memoria y el movimiento de su mano derecha.

¿Qué iba a pasar?... ¿La muerte lenta?... ¿El eclipse de una fama?....

CONTINUARA.

Don Gaiferos (el "don" es imprescindible)


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martes, 19 de febrero de 2008

UNO DE GETAFE EN PARIS (I).

Veamos que atropellos contra el sentido común y la alianzacivilina y el derecho de gentes cometo de aquí en adelante si es que quiero, que quiero y con toda justicia lo merezco, hacer realidad ese sueño vitalicio que es contemplar mi propio “zane”... Si, hombre, hagan memoria, rebobinen ustedes en este pósito de intrascendentes necedades hasta dar con las magnificas ocurrencias que he contado sobre los señores griegos... En fin, por evitarles enojos lo contare otra vez de corrido. Era “zane” el monumento estatuario erigido al hideputa de don Zeus (ese impenitente rijoso trapisondista dado en gastar las más de sus olímpicas horas en probar metamorfosis animales que le permitirán escurrirse entre las piernas de aquellas damas del elenco mitológico a su gobierno que, un tanto cochinorras ellas, apuntaban sexualmente hacia el bestialismo : Europa, Leda, Semele, Danae... Uff que fatiga) en una campa, cabe el estadio olímpico donde los de la Helade medianse en fuerza y habilidades. Su coste era soportado por aquel participante en los juegos que fuera pillado trampeando. Cada pieza llevaba en el pedestal una descripción de la falta deportiva del maulero y un comentario laudatorio sobre el vencedor real. El primer tipo pillado con el culo al aire fue un tal Eufolio de Tesalia. De haberse universalizado la costumbre y seguir en boga, no habría hoy en la trilera España suficiente espacio para levantar monumentos semejantes. Y sin embargo yo deseo el mío... ¡Ah, mis razones!



OOoo

En lugar de rodar setenta kilómetros para asistir a una rueda de charletas relámpago relacionadas con la “fermentación alcohólica del jugo de uva a la luz de los nuevos avances en microbiología” [Ya saben: Composición y propiedades de los sustratos de fermentación.- Aplicación industrial de las fermentaciones ( Preparación del mosto; utilización de levaduras seleccionadas; desarrollo de la fermentación; tecnología de la fermentación; caracterización de las cepas de levadura utilizadas).- La fermentación maloláctica (Origen; sistemas fermentativos; sustratos de dicha fermentación; evolución de las tecnologías: Conservación de poblaciones bacterianas, utilización de la biomasa, levaduras degradantes del ácido málico, uso de células o de enzimas inmovilizadas, vía genética).- La segunda fermentación alcohólica... Bla, bla, bla]... Decía, o quería decir antes de cagarla saltando al púlpito de lo profesional y aburrido que, sin apearme de las zapatillas y manos a la obra, me he dedicado a poner orden y concierto en un montón de papeles que, manga por hombro, sesteaban creando porquería y malignidad en unas cajas arrumbadas en lo mas oscuro del desván.

OOOooo

Aclaro que a la cosa esta de nombre tan rebuscado envié, debidamente acreditado, al mayor de mis hijos: del oficio e innegablemente mejor preparado que yo para lidiar con los esdrujulones avanzados que es moda soltar entre los chafalmejas que presiden estos presuntuosos encuentros: «Es fundamental tener en cuenta también los valores individuales de los marcadores bioquímicos antes de su integración en el calculo combinado» «¿Qué dice el gilipollas este?» «Que hay que hacer con las levaduras lo que se ha hecho siempre» «¡Hostia, tu!»... En fin, si me da por ahí ya les contare de que ha ido la cosa.

-- ¡Miente! A usted le importa tres cojones lo que se diga en la pachanga esa a la que envió delegado.

-- Un respeto, oiga; este cura no es menos veraz que su señor padre, concejal y abogado. O que su abuelo: carabinero bujarra y coplero.

-- ¡Cagüendios, aquí se habla de nuestro presente, Gaiferos!

-- Pues suelte usted su carajada babilónica, Celedonio. ¡Venga, hombre!

-- "Quía" decir que usted mando al chico por amarrar la caja de vino que regalan, la mochila esa del prospecto, el juego de copas de cata, el paraguas de colorines y el sacacorchos a pedales, la litografía del "coño de la Bernarda" y toda esa mierda con la que los vinateros más avispados les enculan de rondón...

-- Pues va usted a tener razón, don Celedonio.

-- Aja... Me lo temía.

-- Venga, tómese otra gaseosa y cambiemos de palo.

OOOOoooo

Y sin embargo... escrutando con minucia genuflexa aquellas cajas desheredadas del desván, fui a dar, con las pupilas de oro de Herr Monty -mi compañero- alumbrándome, con una serie de artefactos literarios que creo debo rescatar del olvido. Y eso me resta protagonismo y no es fácil para mi ego. Aunque al fin, en esto como en tantas otras cosas, viene a pasarme como a Gracián, Balastar, quién en todo un capítulo de la tercera parte del "Criticón" se da a enjuiciar y censurar refranes, sin caer en la cuenta de que la critica de ellos es signo del gusto inconsciente que sentía por los mismos, como lo prueba el numero de los que cita y la variedad de ellos. Pero es que el huraño jesuita jamas dejó de ser un lógico rural contundente.

CONTINUARA.


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martes, 4 de diciembre de 2007

Yo que fui mochil del maestro Durero. (Crónica viajera).

Obsérvese como la cabecera de este apuntamiento es un “goyesco dos de mayo” de la divertida, conseguida y agridulce obra de Bohumil Hrabal titulada: “Yo que he servido al rey de Inglaterra”. No hay casualidad en ello. Titulo así a este mistifori como homenaje al autor citado y a la libertad narrativa. No obstante he de apuntar y apuntalar algunas cosas: Esta va a ser una posada larga en relación con lo que se lleva, a ratos enrevesada, culta a medias y a mi modo fantasiosa y disparatada. Pero nadie tema, que, de permitírmelo el tiempo, la aliñare de modo que sus ingredientes - hechos ciertos e incontestables, verdades a medias y dislates de una imaginación fuera de cauce- resulten indiscutiblemente diferenciables. Vaya por delante, sin embargo, mi voluntad de divertir e instruir. Es decir, no jodan con naderías historiograficas y tomen ustedes la mosca por do quieran.

Y las maletas sin deshacer. ¡Dita sea...!

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Antecedentes.

El 19 de enero 1519, acaso su "tiempo" impulsado hacia el agotamiento por el dedo imperceptible de su vida tumultuosa, muere el emperador Maximiliano I. En el sainete sucesorio subsiguiente todo esta enredado, no hay nada claro. Muerto el perro las reses se desmandan, y las promesas hechas en la Dieta de Augsburgo de 1518 por los Electores de Maguncia, Colonia, el Palatinado, Brandeburgo y Bohemia de sostener la candidatura de su nieto Carlos quedan en nada; resultan sin valor ni efecto. Hay necesidad de empezar de nuevo. El otro primer espada del cartel es Francisco I, rey de Francia. Otro postulante es el rey de Inglaterra, aunque mas por joder que por otra cosa. El Papa, por costumbre inveterada y mas pendiente de los bienes temporales que de los espirituales, siembra cizaña entre los contendientes para luego meter la cuchara en el sopicaldo y sacar tajada. Hay momentos tan delicados que la propia Margarita de Saboya, valedora leal de su sobrino Carlos y dama de tanta mano izquierda como bragada, desespera. Pero las cartas siguen corriendo de mano en mano. Carlos tiene problemas en Castilla; para los tiempos que corren, Francisco reina en un país pacificado. Carlos esta a dos velas; los enviados de Francisco, poco discretos e inconsecuentes, reparten dinero a manos llenas. Aunque valiente, generoso y prodigo, Francisco es voluble y poco resolutivo; Carlos, sin embargo, es tenaz, duro y seco como un asno zamorano. Francisco dilapida; Carlos fía su suerte a las magnificas tripulaciones de sus naves americanas. Mientras uno se agota el otro promete maravillas y hace amigos alemanes. Con valores tanto exóticos como tangibles en las manos, Carlos se procura de la casa de banca Fugger un préstamo inicial de 500.000 florines, destinados a comprar brazos armados y voluntades. Poco tiene que hacer el francés, puesto que al punto su crédito no vale nada, ya que la liga de Suabia prohibe a sus comerciantes aceptar sus valores. Transige "cagaillo" el Papa y, tras un coste de 850.000 florines, el día 28 de junio de 1519, los Electores votan por unanimidad en Francfort la elección de Carlos.

Merced a la simpatía que Maximiliano tuvo por Durero, la ciudad de Nüremberg le había pensionado con una renta anual de cien florines. Su muerte podía significar la cancelación de este beneficio, pues el consejo municipal quizá no se atreviera a confirmarlo sin la autorización expresa de Carlos V, llamado a ser el nuevo Emperador de Alemania. Por eso, sabedor el maestro de la inminente coronación en Aquisgrán de Carlos como emperador del Sacro Imperio Romano, acompañado de su mujer, Agnes Frey, emprende, próximo ya a los cincuenta años, viaje para ver su renta vitalicia confirmada. La anuencia imperial a tal privilegio tiene lugar en Bruselas, a finales de agosto de 1520. Luego, dispuesto a vivir nuevas experiencias artísticas y humanas, continua el maestro viaje hacia los Países Bajos.

Agnes, aquella Até implacable y dominante, de ninguna manera hubiera permitido que Durero se echara a los caminos solo, como antaño lo hiciera cuando se trasladara a Italia, donde conoció a los artistas más famosos de la época. Hijo de su tiempo al fin, Durero había contraído nupcias por conveniencia paterna, sin ser consultado previamente, ajeno por completo a la naturaleza desabrida de aquella que, más que fiel esposa, fue piedra imán de sus desgracias.

De como este cagalabraga cayo sin red en esta historia.

En fecha que no es necesario precisar, mi madre, G*R*, hija del maestro espadero de nacion portuguesa Hipólito Rebelo, soltera, y a la sazón cocinera de la casa de J*H*, ricohombre de la ciudad de Fürth, ajustome a mi, A*R*, como servidor del maestro Alberto Durero, honorable de la ciudad de Nürenberg, a fin de que le sirviera con entendimiento y lealtad, desde el día siguiente al de la fecha, hasta el cabo del viaje, y no más, que estaba a punto de emprender para la resolución de un asunto que tenia con el Rey.

Era entonces yo de catorce para quince años, estaba lustroso por lo bien comido, vivía con la alerta picara de un gato pajarero, estudiaba con Vespasiano Boloñes, un maestro calculista que me enseñaba la magia de los números a puñadas, echaba vello do más deseaba y cumplía con mil y una bellaquerías. En ocasiones ayudaba en la oficina de Sebastián Hutz, un impresor (a más de libros imprimía indulgencias, calendarios y panfletos sobre temas efímeros) e importador de papel que pretendía a mi madre. Maese Sebastián tenia el cabello como el fuego, era grande como una montaña y de carácter faustico; hábil metalista, cincelaba y fundía sus propios tipos. Su mayor orgullo era haber escrito e impreso un hermoso libro sobre el señor Lorenzo Valla. Con el tiempo contrajo matrimonio con mi madre y me dio dos hermanas y un hermano.

“En julio de 1520, coincidiendo con los días álgidos de la Reforma luterana, sale Durero, acompañado de su esposa y una criada, para los Países Bajos...”, suelen decir los tratados que comentan su peripecia viajera siguiendo su propio diario. Que mi persona no figurara en el original manuscrito (desaparecido), ni lo haga, aun pudiendo y debiéndoselo a la verdad, en otros sucesivos, les llamara menos la atención a ustedes, gente sagaz y avisada, tras conocer algunas condiciones que puso mi madre para mi empleo.

No pacto, por ejemplo, jornal ninguno por mis servicios. Si exigió sin embargo, alto y claro, que mis necesidades y gastos corrientes fueran satisfechos con la puntualidad y calidad de un propio de la casa, que monsieur Durero, personalmente, me instruyera en la conducta de un hombre honorable, mirara por mi educación artística y me enseñase a ver critico el mundo. Y lo que es más esclarecedor e importante: que bajo ninguna condición o circunstancia, sirviera a otro que no fuera él, sino era por mi gusto y con su aquiescencia. Esta condición aparentemente leonina se debió, supe después, al hecho de que mi madre sabia, ¿acaso de primera mano?, del carácter resabiado y tiránico e imperativo de Agnes Frey, de quien Jorge Hartmann, amigo del señor Durero, llego a decir: “Le había roído el corazón de tal manera, endureció su carácter con sufrimientos tales, que bien podía decirse que Albert había perdido la razón. Jamás le permitía interrumpir su trabajo, le alejaba de todas las sociedades, y con lamentaciones continuas, le tenia encadenado a la obra, sólo porque le dejase una grande suma de dinero después de la muerte. Siempre estaba atormentada por la idea de morir en la miseria, y este temor sigue torturándola aún hoy en día, a pesar de que Durero le ha legado cerca de seis mil florines...”

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Apuntes al casual extraídos del diario de viaje del maestro Durero:

«Algunas semanas después de la Pascua de Pentecostés he emprendido el viaje, yo, Alberto Durero, con mi esposa, desde Nüremberg a los Países Bajos, haciendo el trayecto por mi propia cuenta y riesgo»

 Recordar que de aquella las fiestas movibles que subseguían a la Pascua de Resurrección eran cuatro; esto es, Ascensión, Pentecostés, Trinidad y Corpus Christi._ Como se ha visto, a su mujer y a él les acompañábamos B*. y este modesto escribiente._ Antes de partir, mi amo expidió gran numero de cartas dirigidas a los notables de los lugares por los que pasaríamos. Mi señor, además de tener un gusto enfermizo por asomarse a los espejos, era un hombre de sólida reputación y de muchas aldabas.

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«He pasado por Bamberg, donde he regalado al obispo un óleo de la Virgen, los grabados de "La vida de Nuestra Señora" , un "Apocalipsis" y otro grabado que me ha comprado por un florin. Su eminencia me invitó como huésped suyo, y me dio una carta para la aduana y tres salvoconductos, librándome además de la cuenta de la hospedería, donde había consumido alimentos por valor de un florín... »

 Tres salvoconductos, cierto. Yo no necesité de ninguno por haber embarcado previamente en la barcaza de unos carboneros. Llevaba conmigo al perro Teer, muy afecto a mi amo; un cartapacio con grabados que mi señor pretendía vender por do pasáramos para costear el viaje; sus ropas de gala y una vihuela que su malhumorada esposa, el diablo la atormente con toda su saña, solía rascar sin mérito.

«También he dado al capitán del barco seis florines de oro por llevarnos de Bamberg a Franfort. También los maestros Lorenzo Benedict y Hans me han regalado el vino...»

 Esta etapa fluvial fue siguiendo el curso del Meno, en tudesco "Main", río de muchas revueltas que cuando la nieve le crispa resulta ser terrible._ Por su aspereza, unos buches que guardome B* no resultaron de mi agrado. En casa era de uso un vino betico fermentado en tinajas de barro claro.

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«... Después nos trasladamos a Amberes. Allí me instalé en la fonda de Jobst Planckfelt; y la misma noche fui invitado a una comida opípara que me ofreció el representante de Focker, llamado Bernardo Stecher, pero mi mujer comió en la fonda. Al capitán del barco le he dado por llevar a tres personas, tres florines de oro, y al que nos llevó las mercancías [...]. El sábado siguiente a San Pedro, mi huésped me condujo a la nueva Casa Municipal de Amberes; recién construida, desmesurada en tamaño y casi bien proporcionada, con unas cámaras excepcionalmente bellas y grandiosas, con un torreón lleno de los más magnificentes ornamentos, un jardín inmenso: en suma, un edificio tan magnifico como no lo he visto en los países de Alemania...»

 Con este Jobst Planckfelt mantuvo mi señor una gaya e imperecedera amistad. Era reidor y desprendido; su fortuna venia de los días que corrió como teniente de un condotiero; cuando le conocí renqueaba de la derecha y tiraba a obeso._ A este don Stecher faltabale una mano que tronchole un ingenio hidráulico minero. Era capaz de jugar a naipes con los pies y tenido por fiero y duro. Como caile en gracia por recitar de corrido muchos epigramas picantes de aquellos que escribieran en la antigüedad los señores romanos, los alfabetos griego y hebraico, así como de cuentas y libros de asiento, regalome una daga turca y una capa de pieles a mi medida. Solo comía carne de pluma, hígado de caballo encebollado y miel sarda. A tal dieta la tenia por antipestifera._ Duele pero es verdad. No hubo en los tiempos matrimonio peor trabado. El apuntamiento "mi mujer comió en la fonda" es una expresión de puro gozo. La mohína con la que la petarda envolvía a mi amo llevabale a la melancolía extrema y al desapego. Con razón quienes en verdad le apreciaban ponían todo su arte en tratar con el a solas, sin aquella pestilencia consuntiva que tenia como figura a la ávida arpía con la que le casaron.

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«... También he estado en la casa del maestro pintor Quintín (Matsys), donde he admirado sus obras y su estudio. He asistido a un almuerzo espléndido ofrecido por Staiber. Otra vez he comido con el Embajador de Portugal, a quien he hecho un apunte al carbón. Además he hecho otro apunte a mi hospedero. Jobst Planckfelt me ha regalado unos corales de India...»

 El maestro, decía mi amo, "pinta caras feas muy bellas". Le admiraba de verdad. De aquella posaba en su estudio una preñada muy bella que saldría en un lienzo como Virgen de la Adoración. Por broma me mandaron a casa de un cerero que tenia seis hijas vírgenes y un perro muy fiero. Regrese con la manda de velas y las ropas hechas jirones. No me importo porque obtuve otras nuevas y estrene mi daga en las nalgas de un aprendiz que maese Quintin tenia. Por mi comportamiento mi señor me retrato al carbón mientras trasegábamos unas cervezas._ ¡Puaff!, este Staiber era un millonetis de Nüremberg por el que jamas tuve aprecio alguno. Mi señor le aguantaba y su esposa le adoraba. Codicia, pura codicia.

«... He vuelto a comer con el de Portugal. También he comido otra vez con Alejandro Imhoff. También he vendido a Sebaldt Fischer, de Amberes, 16 pequeños grabados de la Pasión, por cuatro florines...»

 Este portugués era dicho don Francisco Brandan.

«... He hecho un apunte al carbón de estos genoveses: se llaman Tomasino Florianus Romanus, natural de Lucca, y los dos hermanos de Tomasino, de nombre Vicente y Gerardo, todos ellos de la familia Pumbeley. Estas son las veces que he comido con Tomasino [III]»

 No teniendo facilidad para captar el sonido de los apellidos italianos, mi señor apunta de oído; el verdadero de estos genoveses es Bombelli, de los cuales el mayor, Tomasino, residía en Amberes, en calidad de comerciante en sedas._ Para quien no este debidamente apercibido, el hecho de que mi señor paloteara entre corchetes el numero de veces que yantara de gorra con el genovés, quizá les resulte un rasgo ingenuo. No es así; todas y cada una de sus anotaciones de carácter "practico" o pecuniario estaban ideadas para bailar el agua a aquella mala hembra que el viejo Albrecht le pusiera en suerte. Contando con mi incontestable devoción por él y con mi buen fundamento a la hora de hacer cuentas, llevaba mi señor un libro de cuentas en secreto, una bolsa oculta de la que este escribiente era garante.

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«También he presenciado el domingo siguiente a la Asunción de Nuestra Señora, saliendo de la Catedral de Amberes, la reunión de todas las gentes, de todos los artesanos de la ciudad, cada cual ataviado según su estado. Cada oficio, igual que cada gremio, llevaba su enseña especial, por la que se conocía su profesión respectiva. También había allí, de diversos tamaños, clarines de brillos plateados, a la costumbre gala. Y también había flautistas y tambores, a la guisa germánica. Todos estos instrumentos fueron ruidosamente empleados. Así, pues, presencié en las calles, separados por breves intervalos, la procesión de las corporaciones: los orfebres, pintores, marmolistas, hiladores de seda, escultores, ebanistas, carpinteros, marineros, pescadores, carniceros, curtidores, hiladores de lino, panaderos, sastres, zapateros y toda clase de artesanos a algunos comerciantes dedicados a los comestibles. También se hallaban allí los vendedores de especias, los mercaderes y toda suerte de ayudantes de aquéllos. Después desfilaron las fuerzas armadas: los arcabuceros, los arqueros y los servidores de las alabardas, y, por último, los viajantes y los peregrinos, seguidos de los escribanos y de una multitud de gentes municipales. [...] A pesar de la diferencia de los gremios, todos coincidían en su aspecto: el devoto fervor. En aquella procesión participaba también una muchedumbre de viudas, de las que se mantienen por su trabajo y se ajustan a una regla especial, todas ellas tocadas de un velo blanco que llegaba hasta el mismo suelo: ha sido un placer el verlas pasar tan fervorosamente. Luego vi a los señores de la Catedral de Nuestra Señora, con los sacerdotes, los sochantres y monaguillos, desfilando en medio de la más esplendente magnificencia. Veinte personas portaban una imagen de María con el Niño Jesús, adornado hasta en sus más pequeños detalles, y todo ello en honor de Dios Nuestro Señor. En toda esta procesión admiré cosas que me produjeron grande gozo y placer: desfilaron los profetas, con arreglo al orden del Nuevo Testamento, y después: la Salutación Angélica, los tres Reyes Magos cabalgando sobre grandes camellos, la huida a Egipto... Luego, Santa Margarita... Después, San Jorge con sus siervos, un San Jorge bellamente acorazado...»

 Desfiles procesionales de este jaez solo he visto el que tuvo lugar en Bruselas durante los funerales de Carlos I. Recuerdo con toda nitidez aquella interminable procesión de pomposos gallos negros; los sahumerios; los suspiros elegíacos que brotaban del publico; los gorigoris exhortativos surgidos de la boca obscena de clérigos cebados como capones. Recuerdo la cara de circunstancia de graves y honorables señores vestidos con ropones de riguroso luto; recuerdo el run-run del oro en la bolsa de los limosneros; recuerdo los coloridos emblemas portados por nobles de calzas prietas y zapatos con hebilla de plata; recuerdo las empuñaduras enjoyadas de las espadas; recuerdo a los corceles hasta el suelo engualdrapados; recuerdo la melodía lastimosa de las bandas de pífanos y atambores. Recuerdo, como no hacerlo, un ducado de oro que halle entre la paja con la que habían orillado todo el trayecto de la comitiva... Pero de aquella procesión que tanto deslumbro a mi señor nada puedo decir. No la vi, que durante su transcurso me encontraba en un almacén de los muelles jugando con unos sollastres a los dados. Gane casi cuarenta maravedies y una joya; esta, una cadenilla de plata de la que colgaba, engastada, una piedra mágica de Calicut, ciudad enclavada en la costa Malabar, dísela a B* por permitirme hociquear entre sus pecosas y notables tetas.

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«... He regalado al Emperador de Portugal tres libros, que son: “La Vida de Nuestra Señora”, “El Apocalipsis” y la “Gran Pasión”; después, la “Pequeña Pasión” y una “Pasión” grabada en cobre. Todo esto vale, por lo menos, cinco florines. Lo mismo he regalado al señor Rodrigo, el otro portugués. El señor Rodrigo ha regalado a mi mujer un pequeño papagayo verde...»

 Mediante intermediario, se entiende._ Este era Rodrigo Fernández, un rico mercader con intereses en Indias. Posteriormente le conocí como cónsul de Portugal en Amberes.- Se trataba de un hermoso pájaro de pico ferrado y garras afiladas. Para mi gozo y disgusto de la bellaca, imitaba a la perfección el sonido de los goznes de puertas y ventanas, así como los gemidos femeninos propios del coito. Un buen día manifestó la hija de las Furias que escapó por la ventana. Puro embuste. Mandome al poco mi señor a casa de un físico que le procuraba remedio para cierto desorden humoral, cuando en la caminata que la manda requería, el pájaro me llamo desde un balcón en el que perchaba. Mano izquierda y unas blancas que saltaron de mi bolsa a la del portero me permitieron conocer la verdad. Era la casa residencia de la barragana de un naviero, quien había comprado el papagayo a una dama forastera mediante un intermediario. Vi al bicho e hicele algunas gracietas de las que solía. A mi señor nada dije por preservar su paz de espíritu y ver al pájaro lustroso y tranquilo.

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«En Bruselas he contemplado, en la cámara del oro del Ayuntamiento, los cuatro frescos murales pintados por el maestro Rogerio, el portentoso pintor de los Países Bajos. En la casa de Roenig, de Bruselas, he visto las bellas fuentes, el Laberinto, el parque zoológico: algo muy divertido, que me ha gustado tanto que es como yo me imagino en el Paraíso, y además nunca he visto nada semejante...»

 Los murales aquellos representaban temas históricos, y eran factura del maestro Roger van der Weyden.

«También he visto (en Bruselas) las cosas que le han traído al rey del país del oro: un sol de oro, de dos brazas de diámetro, una luna de plata, del mismo tamaño; hay dos cámaras llenas de las más extrañas armaduras, armas muy raras, maravillosos escudos, atavíos nunca vistos... Todas estas cosas de maravilla han sido valoradas en cien mil florines...»

 Toda esta parafernalia procedía de México, siendo su mayoría muestra de las armas, galas y alhajas al uso entre los señores aztecas.

«Me ha mandado llamar la "señora" Margarita, estando yo en Bruselas, diciéndome que sería la mediadora cerca del Rey Carlos, para que confirmase mi renta de Nüremberg... He pagado más de dos blancas para que me dejaran ver el retablo de Rogerio (van der Weyden)... También he estado en casa del elector de Nassau; en sus capillas tiene bellos cuadros, pintados por el maestro Hugo, y además he visto la magnificencia de todo su palacio, y la cámara donde se encuentra la cama que da cabida a más de cincuenta personas...»

 Hija del Emperador Maximiliano y regente de los Países Bajos; prudente dama muy retratada por cuanto pintamonas pasaba por su corte. Mi señor sentía profunda devoción por ella. Unicamente la vi una vez... en la distancia, en un jardín a la francesa; la mano enguantada asida a una traílla de la que tiraba un hermoso galgo; un grupo mixto de jóvenes retozones seguía sus pasos._ Desde la prudente distancia a la que me quedé, la cama, un artefacto de vetusto diseño, apenas impresionaba. Sobre un corro de sol un gato atigrado lamiase sus partes. La cámara era sombría y hedía cual oveja mojada. En tanto mi señor se hacia su propia composición del lugar, di en imaginar a obispos y margraves sobre aquella plaza disparatada, embudando por delante y por detrás a un rebaño de vírgenes temblorosas. Corría la especie de que cuando el diabólico engendro iba a ser utilizado, un enano negro, dicho don Brasas, la paseaba como quien ara un campo con un calentador de buen tamaño atado a la cintura. Seguramente decires de viejas en ella desfloradas.

«También me ha invitado a comer el maestro Bernardo, que ha preparado una comida tan espléndida, que no creo que haya gastado menos de diez florines...»

 Bernaert van Orley, para ser exactos, a la sazón pintor oficial de la corte de la señora Margarita. Evita mi señor decir que fue huésped de su casa durante seis días, tiempo que aprovecho para hacerle un hermoso retrato. En los días que corrían trabaja el maestro Bernardo en el diseño de unos cartones para los tapices de un palacio. Tuvo cuatro hijos pintores, y un hermano suyo también lo era.

«Y a Erasmo Roterodamo también le he regalado una “Pasión”, grabada en cobre. He tomado otro apunte al carbón de Erasmo Roterodamo. He regalado a Lorenzo Stercken un “San Jerónimo sentado” y la “Melancolía”... He tomado apuntes, al carbón, de seis personas, que no me han dado nada. He gastado algunas blancas por dos ejemplares del “Eulenspiegel”...»

 En un recio zurrón de naturaleza vulpina que regalome maese Sebastián antes de emprender viaje portaba, envueltos en una camisa de lino, cuatro libros prestos para ser usados. Tres pertenecían a mi señor, el cuarto era mío. Mío y únicamente de mi gusto, porque virtuoso a su modo, mi señor nunca quiso prestar oídos a las frivolidades que opinaba escribía el señor Aretino, nacido, como dice Joaquín López Barbadillo, en 20 de Abril de 1492, hijo de carne de placer. Su madre era modelo de pintores y cortesana de la más baja ralea: pobre y bella hembra de mil machos. Se llamaba Tita. Las historias dicen que lo engendró un tal Bacci, gentilhombre; pero es mejor decir que lo engendró cualquiera. De una hora de pasión o una hora de tormento, de un beso de insaciable amor o de un beso de borracho, fue formado el divino poeta, y su divinidad pasó por un vientre podrido para rodar un día hecha carne sobre el mísero lecho de un hediondo hospital.... De "Comedia del Herrador", que de esa pieza se trataba, hice exitosas y provechosas lecturas dramatizadas en las cocinas y salas de costura de aquellas casas principales por las que mi amo pasaba. Gustaba mucho y ponía pimienta en la piel de las señoras criadas. Eran los libros de mi señor, a los que el decía edificantes castillos de virtud y azote de las vanidades del mundo: “Utopía”, del señor Moro; “ Narresnschift” (La Nave de los Locos) del señor Sebastián Brant, y de su retratado Erasmo de Rotterdam, humanista de expresión latina, uno que se intitulaba “Encomium Moriae” (Elogio de la Locura). Y de estos imaginativos tratados, basados en la búsqueda de la paz y del bien común, leiale servidor párrafos cuando se hacia sitio en el taller de algún maestro local para pintar, por encargo y sobre tabla, y llevaba quebrada la inspiración o la perspectiva. Se conoce que aquellos granos de sabiduría vertidos por mi boca le inspiraban._ Fueron cinco y le dejaron bien pagado. Se trataba de un dux de la guardia del papa y de sus criados. Iba en secreto a la corte de Wittenberg. Diole mi señor al duque una carta para un colega suyo dicho Lucas Cranach. Los ducados y el apuntamiento de los mismos y su custodia fueron cosa mía._ Una obra torpe que pasa por ser el poema nacional flamenco; la edición era de Amberes y de Hoochstraatens.

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«Todos los recuerdos de Rafael del Urbino parecen haber muerto también con su muerte. Pero uno de sus discípulos, llamado Tomás Polonier, buen pintor, ha solicitado verme, y me ha regalado una magnifica sortija de oro, al estilo antiguo, con una piedra bien tallada, que vale cinco florines. Yo le he regalado uno de mis mejores grabados, que vale seis florines...»

 Ya he advertido sobre lo desfigurados que quedaban los apellidos italianos escritos o pronunciados por mi señor. La referencia es al Bolognese; es decir, el "Boloñés".

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«El día 23 de octubre, el Rey Carlos ha sido coronado emperador en Aquisgrán; allí he visto las cosas más preciosas, tales como ninguno de nosotros las ha visto jamás...»

 Hubo grandes fastos y una pantagruélica comida. A la chusma que acompañábamos a los menos principales de entre los principales, nos echaron de comer en un abandonado almacén que olía tenuemente a especias y tenia muchas columnas y grandes arcos. Por cuestiones idiomáticas hubo una bronca del carajo, y a un criado de un abad de Bohemia le saltaron un ojo con un trinchante.

«El viernes, día de San Simón, he partido de Aquisgrán, dirigiéndome hacia Düren, en cuya iglesia he estado, porque allí se conserva la cabeza de Santa Ana... De allí me trasladé a Colonia...»

 A fin de informar al maestro sobre la constitución y medidas de un Polifemo jibudo que se había avecindado en Lieja y, previas lecciones de las proporciones de la figura humana y de geometría, yo partí unos días antes en compañía de unos trajineros que llevaban en reata burros vinagreros. El trayecto Lieja Düren lo hice con un medico hebreo. Recordar que entre los escritos de maese Durero se encuentra “Unterweisung der messung” (Manual de mediciones con compás y escuadra).

«He comprado un tratado de Lutero por cinco blancas... Seis blancas por un par de zapatos... Una blanca por cerveza y pan. Además, una blanca por un pincel...»

 “Tratado acerca de la indulgencia y la gracia”, impreso en alemán. Desde que el 31 de Octubre de 1517, víspera de Todos los Santos, fijara sus 95 tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg, Lutero, un agustino de pantorrilla fina, cuello corto y cabeza gorda, tuvo su incondicional publico. Las 95 se difunden rápidamente por Alemania tras lo que es denunciado públicamente de hereje por los dominicos. La protección del príncipe elector de Sajonia, Federico el Sabio, le libra de su comparecencia ante el tribunal de Roma, que decide aplazar la causa ante las complicadas circunstancias políticas que suponían la elección de un nuevo emperador.

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«El lunes después de San Martín, en el año 1520, ha llegado a mi señor de Nüremberg la confirmación de mi pensión anual, aprobada por el emperador Carlos V...»

 Supimos de esta buena nueva por un montado que envió de propio el inconmensurable Wiilibald Pirckheimer, patricio de la imperial ciudad de Nüremberg, amigo y mecenas de mi señor. Compre para B*, de ocultis y por manda, un collar de cuentas y unas cintas para el pelo; para el aburrido Teer un filete de venado. La pécora se desato en jaculatorias de gozo.

«El día de San Martín, en la iglesia de Nuestra Señora de Amberes, han robado a mi mujer su bolso, y en él había 11 florines. Así, pues, hemos perdido este dinero, el bolso, y todas las otras cosas de valor, y también las llaves...»

 Y servidor ajeno al sainete, pues al punto me encontraba en casa de un zapatero, rogándole se sirviese echar unas medias suelas a las botas de viaje de mi amo. Llegue, eso si, con tiempo para ver a la doña fieramente enajenada, zarandeando con las sayas descompuestas a dos pobres y pasmados miembros de la ronda de guardia. El maestro hacia gestos resignados al cielo y B* sudaba de miedo. Salí de naja hacia la taberna de Muffel y me regale con una jarra de cerveza. Pasados los años reiría este incidente con el sochantre del templo de la Señora.

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«En Zelanda, según me dicen, ha aparecido una ballena muerta, arrastrada por una marea viva hasta la playa, y que mide más de cien brazas. Y no vive nadie en Zelanda que haya visto un animal ni siquiera tres veces menor que éste, y lo peor es que la ballena no puede ser apartada de tierra. El pueblo vería con agrado que el animal desapareciera, porque teme mucho a la peste y a los hedores. Además es tan enorme la ballena, que, según opinan, ni en medio año tendrían tiempo bastante para partirla en dos mitades y sacar de ella el aceite...»

 Le dije al maestro que la colonia aragonesa de la ciudad (Amberes) acabaría con la carnaza, antes de vísperas, si se entraba con ella en porfía. De inmediato nos pusimos en camino para verla, pero poco antes de llegar a Zierikzee unos músicos ambulantes con los que nos cruzamos dijeron que la ballena había desaparecido, pues no estaba muerta sino varada. En un fonducho comimos un pescado que nos sentó mal. El maestro no pudo tomar apuntes, así que el único que disfruto de la vuelta fue el can.

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«El 16 de marzo me ha regalado el señor Rodrigo seis grandes piñas de Indias, unos corales preciosos y dos grandes monedas de oro portuguesas, que pesarán sus buenos diez ducados. Le he dado a su mozo 15 maravedies de propina. Por 16 maravedies me he comprado una enorme piedra magnética. He cambiado un angelote para pagar el alimento. He pagado seis maravedies en la encuadernación...»

 Estaban bien artillados, eran los mas grandes y mejor arbolados de su época. Venían del otro lado del Atlántico, las bodegas, casi en secreto, cargadas con desconocidos productos de ornato y boca que, por su exotismo, avivaban las imaginaciones y daban pie a incongruentes leyendas. Su lugar de origen y rareza daba pie para que los marineros los vocearan en los puertos como mágicos. Los había que quitaban en un amen la borrachera, o curaban las sarnillas, o prevenían la caída del cabello; otros agudizaban vista y oído; también los había, muy solicitados, que armaban el miembro generatriz del hombre viejo para que bien fodiera... Así llego la piña o ananás; un gallo como untuoso y de colgante papada al que decían guajalote o pavo; los frijoles, porotos o alubias, también la yuca; un fruto rojo y carnoso, dicho jitomate; la hierba palo del sol o girasol, cuyas semillas eran comestibles y prensadas producían una sustancia oleosa de color claro; la guayaba, la papaya, la zarzamora, la vainilla, el cacao, el aguacate; una raíz como puño dicha batata; unas compactas mazorcas, nombradas choclos, con áureos granos que molidos daban una fina harina. Mi querido tabaco._ Conmigo de rondón y unos naipes a tiro, durole la propina a aquel bobo lo que un pedo en la mano._ Se trataba de una moneda fuerte en cuya faz aparecía la efigie del arcángel San Miguel._ Esto es, por un cuaderno de apuntes de buen tamaño que yo portaba colgado a la espalda cuando viajábamos.

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«... Y cuando llegamos a Brujas, me convidó a vivir en su mansión Juan Prevost, el pintor, y me preparó la misma noche un magnífico banquete, invitando a muchas personas de mi agrado... Después me llevaron a la casa del emperador, que es grande y preciosa. Ahí vi la capilla pintada por Rogerio, un magnifico maestro antiguo; di un maravedi a un siervo, que fue el que abrió el retablo para que yo lo viera. Después compré dos peines de marfil, por 30 maravedies. Luego me condujeron a San Jacobo, y me hicieron ver los espléndidos cuadros de Rogerio y de Hugo, que han sido ambos grandes maestros. Después contemplé la imagen de Nuestra Señora, obra de Miguel Angel, de Roma. Luego fuimos a muchas iglesias, donde he visto muchos cuadros excelentes y en copiosa cantidad. Y después de haber visto lo de Juan y lo de los otros, entramos en la capilla de los pintores, donde hay muchas cosas buenas...»

 Ante un capón y un vaso de buen vino conversado el maestro perdía el sentido. Quería el hombre compensar la penuria comunicativa de su casa y se le iba por la boca mas de lo que debía, pues contaba, como es el caso, secretos de su arte que mejor hubieran quedado en su magín guardados. Tanto contó en aquella cena sobre la mecánica de la xilografía y la naturaleza viva del color que yo, sentado tras el en la penumbra -como tantos otros propios- al oído de sus mandas, rabiaba. Botaba y rabiaba porque ninguno de aquellos tipos secos, desafiadores y ricos en ardides para sacar a todo provecho, se lo merecían. Y eso (o por eso) que entre ellos también había reputados pintores; pero eran estos de mano rígida y pincelada tan pesada que a la naturaleza hacían irreconocible, decadentes, pasado puro; siendo por el contrario mi señor, y aunque a el mismo le costara creerlo, el único de entre ellos capaz de representar un modelo junto a las sensaciones inherentes a su observación. Pero es que mi señor veía el sutil trasfondo de toda naturaleza y lo representaba, como hasta entonces nadie lo hizo, con aquellas manos danzarinas como libélulas que tenia._ Tómese "capilla" por un tríptico de van der Weyden que utilizaba Carlos V como "altar de Viaje".

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«En la tercera semana después de Pascua me asaltó una fiebre altísima, con desvanecimientos y mareos, desgana y dolor de cabeza. Y estando otra vez en Zelanda, padecí la enfermedad más extraña que pueda imaginarse, y de la que no he oído hablar a ningún ser humano, y aun sigo padeciéndola...»

 Como se deja ver, este apunte puede dividirse en dos partes, sin que necesariamente la una tenga relación con la otra. Y después de decir que mi señor era un hombre agraciado y bien constituido, afable en el trato, generoso con quien bien le servia (tanto que a veces la maldispuesta le motejaba de dilapidador), artista al fin y extremadamente elegante, por discreción me reprimo... Un físico de Toledo con el que el mismo emperador consultaba, diagnostico al maestro emponzoñamiento de la sangre por el mal aire tomado de alguna laguna.

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«El viernes antes de Pentecostés, en el año 1521, me llegaron nuevas a Amberes, por las que supe que Lutero había sido encarcelado...»

 ¿Encarcelado dice mi señor? Veamos: En 1520 son publicados los tres manifiestos de Lutero: Agosto: Manifiesto político: “Llamamiento a la nobleza cristiana de la nación alemana” . Octubre: Manifiesto dogmático: “Cautividad babilónica de la Iglesia”. Noviembre: Manifiesto ético: “De la libertad interior del cristiano”. Nada impresiono tanto como el Llamamiento a la nobleza cristiana de la nación alemana. Clarín de guerra le llamaron los contemporáneos. Se cuenta que trabajaban con el en la imprenta a medida que Lutero lo escribía. El 18 de agosto habían salido 4000 ejemplares hacia todos los puntos de Alemania, y los impresores no llegaban a dar salida a todos los ejemplares solicitados. Tuvo el escrito la virtud de unir a todas las clases sociales en forma desconocida hasta entonces. A su manera, fue un antídoto eficaz, por lo que a la mayoría de la población alemana se refiere, contra la bula de excomunión, que ya había sido publicada en Roma en junio de 1520. Eck, el encargado de publicar la bula en Alemania, había incluido en ella los nombres de Adelmann, Pirkheimer, Spengler y Carlostadio, que junto con Lutero constituían sus enemigos personales, lo cual causo gran revuelo e hizo que la bula mereciera poco respeto. Además, los obispos alemanes no parecieron muy dispuestos a consentir su publicación en sus respectivos distritos; tan amenazadora era la actitud del pueblo. Por su parte, el día que recibió la bula de excomunión, Lutero reunió a los estudiantes en la plaza de la iglesia de Wittemberg, y en su presencia la arrojo a una hoguera, acto que electrizó a la nación alemana y supuso su ruptura definitiva con el papado. A Carlos V, que acababa de ser nombrado emperador, la querella le inquietaba, primero porque era un católico convencido, y luego, porque el acontecimiento tenía inmensa resonancia en toda Alemania y podía menguar su autoridad en un estado de suyo tan dividido y renuente. De ahí que exigiera de Lutero su comparecencia ante la Dieta (reunión de los representantes del imperio) convocada en Worms. Lutero acudió, sabedor de que merced al salvoconducto expedido por el emperador nadie osaría ponerle ni un dedo encima. Llamado a retractarse de lo expuesto en sus escritos, Lutero se negó con gran firmeza. Antes de la condena definitiva y a petición de los alemanes, nombrose una comisión compuesta por ocho miembros, en representación de los Electores, los nobles y las ciudades, encargada de entrevistarse con Lutero a fin de llegar a un acuerdo. Fracasadas las negociaciones, promulgóse el bando del Imperio contra Lutero, quien recibió orden de abandonar Worms el día 26 de abril, habiéndole sido prorrogado el salvoconducto por plazo de veinte días. Expirados éstos, podía ser reducido a prisión y destruido como pestilente hereje. Por tal y para evitarle sinsabores fue que, al dejar Worms, el elector de Sajonia, uno de sus protectores, hiciera que le apresaran simuladamente y le trasladaran en secreto al castillo de Wurzburgo, donde permaneció diez meses. A decir verdad, Lutero nunca fue acosado por el Emperador y pudo vivir mas o menos tranquilamente confinado en Sajonia con seguridad personal e inseguridad judicial.

«¡Ay, Dios del cielo, ten piedad de nosotros! ¡Oh Nuestro Señor Jesucristo, ruega por tu pueblo! Líbranos cuando sea la hora justa, consérvanos en la fe justa de la cristiandad, agrupa con tu voz a tu grey separada, con tu voz, que se llama la Santa Escritura!... Ayúdanos a reconocer otra vez tu voz, sin seguir en nada a las vanidades del hombre, para que nunca, oh Señor Nuestro, nos apartemos de tu lado!...»

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«... Y al día siguiente nos trasladamos a Bruselas, para tratar el asunto del Rey de Dinamarca... Luego me quedé perplejo al ver como se extrañaba el pueblo de Amberes al ver al Rey de Dinamarca, de aspecto varonil y hermoso, caminando solo, sin escolta, por entre sus enemigos. Y también he visto cómo el Emperador, partiendo de Bruselas con grande pompa, salió al encuentro del Rey para recibirle...»

 De aquella es probable que me encontrara a lomos de una mula frisona, resabiada, de alquiler y reacia a la mano que manda, camino de Coblenza, lugar en el que debía de recoger un horóscopo atinente a mi señor que, durante el banquete de boda del señor Joachin Patinir, al que asistimos, un doctor de Montpelier prestose a levantarle. A la hija de Babilonia se la dijo que servidor iba a hacer listado de unos bienes que los Fugger habían pignorado. Muebles venecianos de lujo creía que eran.

«... Y también el domingo anterior a Santa Margarita ofreció el Rey de Dinamarca un banquete, en honor del Rey, de Margarita y de la Reina de España, invitándome a mi también... He pintado al óleo el retrato del Rey, quién me ha dado como regalo treinta florines...»

 El maestro se refiere a la reina de Portugal, Leonor de Austria, casada con Manuel I de Portugal, y hermana de Carlos V. De aquella no había reina en España, pues Carlos V no fue hasta marzo de 1526 que casó con su prima Isabel de Portugal. La cita del retrato del señor rey de Dinamarca es el ultimo acto artístico que refiere la crónica... Después, recorriendo pueblos y ciudades, remontando el curso del Rhin, regresamos a Nüremberg. Mi señor, sépase, rechazo durante el viaje la proposición que le brindó el municipio de Amberes: trescientos florines anuales para trabajar como pintor en la más importante de las ciudades flamencas.

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