domingo, 19 de agosto de 2007

De cuando las Elipses se reafirmaron en los cielos (II).

«Quien adscriba el movimiento de los mares al movimiento de la Tierra asume un movimiento forzado; pero quien deja que las mareas sigan a la Luna, hace del movimiento, en cierto modo, un movimiento natural» (Johannes Kepler, indicando la posibilidad de que la atracción de Luna fuese la causa de las mareas)

Estamos en el último cuarto del siglo XVI; en Astronomía la autoridad de Ptolomeo era casi inatacable, aunque gracias a la constante observación de los astros estaba a un paso de recibir una patada en el culo. Para el que todo lo meaba la tierra era el mismísimo centro del universo, y alrededor de ella giraban sucesivamente la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter, Saturno y las estrellas fijas. Esta descabalada disposición hacía necesario que estos cuerpos se movieran en complicados círculos cuyos centros se movían, a su vez, en otros círculos igual de complejos (epiciclos). Entonces llegó el huidizo Copérnico, quien expuso que los fenómenos observados podían explicarse en un plis-plas en el caso de admitirse que el Sol fuera el centro del Universo y que la tierra y sus planetas colegas se movieran a su alrededor; no obstante, no pudo presentar prueba concluyente alguna de estas afirmaciones, y sus explicaciones caían, además, en el error de suponer a los cuerpos celestes moviéndose uniformemente en círculos. Hasta que Keplero y Galileo tiraron de la manta, la inmensa mayoría de los astrónomos no abandonaron la teoría de Don Claudio Ptolomeo.

Juanito Keplero cabeza de huevo, que tiene estatua en Weil, su suabo pueblo, nació el 27 de diciembre de 1571, en el seno de una familia que, como el perro del afilador, comía chispas por comer algo caliente. Desde los tres a los cinco o seis años, nuestro Juanito se sabe fue a vivir con sus abuelos; a sus padres, campesinos de estomago gruñón y que comeremos mañana, se les debía de hacer difícil atender a un chicuelo frágil como monda de cacahuete. Porque nuestro buen Keplero nació enfermizo y flojo de remos, incapaz, por decir verdad, de batir un huevo con alegría, dar vuelta a una esquina, apedrear a las gallinas o mear, a mediodía, mas allá de su sombra.

Con tales antecedentes a nadie extrañe que tras el cónclave familiar mas rápido de la historia, se decidiera largar a Juanito a la escuela del Convento de Adelsberg, en aquella época -digo yo- especie de lazareto al que catapultaban sin miramientos a los flojuchos, pobres, transiglesuelos y demás fauna bípeda de dudosa supervivencia. Una suerte en definitiva, porque de tanto en tanto de aquellos apartaderos salieron al mundo algunas de las mentes mas inquisitivas y preclaras. Esto, que ocurrió en 1584, cuando el chicuelo contaba con trece años, se mantuvo hasta 1589, fecha en la que nuestro buen Keplero, acaso atormentado por un puñado de cuestiones teológicas a las que sus maestros no sabían dar respuesta, ingresó en el archiconocidisimo seminario protestante de Tübingen (Tubinga en los mapas castellanizados, a una patada de Estrasburgo, ese sitio de la Francia inundado de gorrones oficializados; industriosa capital de Baden-Württemberg, Alemania).

Keplero, a quien los libros parecía restablecían la salud, da en aquel seminario con un maestro a la altura de sus expectativas e ingenio. Michael Mästlin se llamaba el tío: especialista, diríamos hoy, en las "nuevas matemáticas" (en otra ocasión, si me da la ventolera y lo recuerdo, os hablaré de las innovaciones de la materia durante aquellos siglos) y en astronomía. Por sus disertaciones supo Keplero de las rompedoras teorías de Copérnico, aun cuando el taimado Mästlin, loco por no adentrarse en ningún carajal que le apartara de su regalado puesto (o como yo sospecho, con más miedo a las mazmorras de la autoridad y al gato de siete colas que gusto por la verdad) hiciera todo lo posible para dejar en la penumbra de un si es no a la heliocéntrica propuesta.

Keplero, sin embargo, sintiose inmediatamente seducido por la nueva coyuntura en la que se situaba al "universo", y en sus ratos libres hizo un preciso balance sobre los pros y contras de la conjetura coperniciana. De aquella, estoy seguro, el jodido seminarista ignoraba cuan trascendental iba a ser la astronomía para su inmediato futuro. Entre pitos y flautas corren los meses y se le llena la cara y se deja barba, hasta que en 1594 se le llama para ocupar un puesto de profesor de Matemáticas y Moral en el Seminario de Graz (Austria), de aquella mucho menos cerril y dogmático que el de Tübingen. Alli, en Gratz, dio a imprimir su primer tratado astronómico: «Misterium Cosmographicum» [1], que apareció en Tübingen en 1596.

A raíz de esta su primer obra, Kepler pasó a ocupar el punto de mira de Tycho y Galileo, y en 1600, al ser perseguidos los protestantes de Gratz (La idea fue de Fernando de Estiria -acérrimo católico educado por los jesuitas- quien ordenó que se cerraran los templos y escuelas protestantes de la ciudad, que se expulsara a los pastores encargados del culto y que se desterrara y confiscaran los bienes de los piernas que no se convirtieran con una amplia sonrisa en el rostro) llamole Tycho como ayudante suyo a Praga. Esta colaboración, aunque trascendental, resultó menos provechosa de lo debido, pues quiso el destino que Tycho-Brahe estirara la pata en 1601. Además, maese Tycho era un cascarrabias del copón que, al parecer, ninguneaba al sosegado Keplero.

Luego de esto don Keplero, que para la ocasión ocupaba el puesto de "matemático imperial", se dio a la labor de revisar el material que Tycho había recopilado; comenzó, como no podía ser de otro modo, con las observaciones que el viejo gruñón había realizado sobre Marte desde su observatorio de Dinamarca, dándose a continuación al cálculo de la trayectoria de este planeta, cuyos resultados pudo hacer públicos tras no pocos esfuerzos en su «Astronomía Nova» [2], 1609.

Y es aquí, en «Astronomía Nova», obra dedicada al emperador Rodolfo II, donde tenemos el privilegio de dar con las dos primeras de sus tres leyes universales:

1ª.- Los planetas describen elipses en uno de cuyos focos está el Sol.
2ª.- Los planetas recorren áreas iguales en tiempos iguales
[3]


Continuará.


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NOTAS:


1.- Libro que siguiendo las ideas platónicas, asocia a las trayectorias de los planetas en torno al Sol a los cuerpos regulares de la geometría. Es decir, en el espacio tridimensional (léase órbitas entre planetas) únicamente se pueden inscribir cinco cuerpos regulares cuyas caras sean polígonos regulares entre si: entre la órbita de Saturno y Júpiter, el hexaedro; entre las de Júpiter y Marte, la pirámide y, en el interior del sistema planetario, el dodecaedro, el icosaedro y la doble pirámide. Al mismo tiempo y en el primer capítulo de la obra se decide definitivamente por la teoría de Copérnico.

2.- Antes había publicado “Astronomía pars Optica” en 1604, “De Stella Nova” en 1606.

3.- Dicho de modo menos cicatero: Las áreas barridas por los radios vectores (Segmentos rectilíneos que unen el cetro del Sol y el del planeta que sea) son proporcionales a los tiempos tardados en barrerlas. Enunciado que nos permite colegir que la velocidad de los planetas aumenta a medida que se acercan al sol, no siendo su movimiento, pues, uniforme, sino periódico. Por mejor decir, tal solo puede cumplirse si la velocidad propia del planeta al ocupar una posición aleatoria en su órbita, se repite al pasar por ella en las sucesivas revoluciones. Mas claro, coño: El movimiento de un planeta es el de un móvil que recorre repetidamente una trayectoria, pasando a intervalos de tiempo iguales T por la misma posición, con idéntica velocidad en valor y sentido..


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